Adelanto de “Las mil vidas de Gabriela”, de Gabriela Parodi
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Las mil vidas de Gabriela
«Las mil vidas de Gabriela: Memorias de la pionera del rock nacional» (Marea), de Gabriela Parodi

Gabriela, mi primer álbum

Mi nombre es Gabriela. Atravesé mi vida con demasiados apellidos, obstáculos y explicaciones constantes cada vez que me tocaba hacer algún trámite. Parodi, Parodi Cantilo, Parodi Quesada, Molinari, Marrone. Apellidos de padres, madres, abuelas, maridos. Hasta eso resignábamos las mujeres al casarnos. Encima mi padre, en honor a su santa y sin haberlo acordado con mi madre, el día en que fue a inscribir mi nombre al Registro Civil, me agregó Teresa al Gabriela pactado entre ellos. ¿Teresa? Sí, porque pensó que era el día de Santa Teresa, aunque luego constató que se había equivocado, pero el daño ya estaba hecho. Y yo, que lo que más hubiera deseado era tener un nombre minimalista como Ana, Inés, Sol, terminé con ese nombre largo y barroco, lleno de apellidos. Cuando grabé mi primer disco y me preguntaron qué nombre artístico deseaba usar, sin dudar un segundo dije: “Gabriela”.

El miedo, la sensación de fronteras cerradas, la oscuridad, caminos que se bifurcaban sin dirección, eso era Argentina de 1972. Muchos jóvenes, como mariposas nocturnas, nos estrellábamos contra la luz en nuestro afán de encontrarla. En el mundo se hablaba de paz, de amor. John Lennon acababa de grabar Imagine. Los cambios eran estructurales y sin vuelta. En Buenos Aires un movimiento de música progresiva atraía cada vez más público. Ya nada podía detenerlo. Así fue como yo, integrante de ese movimiento y la primera de las mujeres que se animó a subirse a un escenario rockero, acabé grabando este LP.

Recuerdo la amplia sala de los estudios Phonalex, mi energía adolescente, la urgencia por cantar todo lo que no podía hablar con mis padres, mi necesidad de pertenecer a una sociedad más abierta. Este disco fue grabado en vivo en cuatro canales, con toda la fuerza y el dinamismo que eso implica. Es un grito profundo, visceral, y proyecta toda la furia de aquella época.

Había tanto que no podía compartir con mis padres que el tema Voy a dejar esta casa, papá fue un mensaje para Bebe. Él nunca había llegado a enterarse de que yo me había escapado de casa y eso me hacía sentir muy mal. La letra del tema era tan directa que jamás sospeché que no la entendería. En mi imaginario fantaseaba que él se acercaba a mí cuestionándome la letra del tema, yo me largaba a llorar, le expresaba lo mal que me sentía de nunca habérselo comunicado, le pedía perdón y le dibujaba la historia de la mejor manera posible. Todo terminaba en un abrazo paternal, yo lograba sacarme la culpa de encima y de a poco ese evento se transformaba en una anécdota más. Pero no me dio la oportunidad. Cuando venía a mis recitales y me esperaba para saludarme me decía siempre lo mismo, con una enorme sonrisa: “Qué linda esa canción que me hiciste. ¡Gracias!”. Yo me desesperaba, me cuestionaba si la canción era lo suficientemente veraz y directa, me frustraba mal. Lo cierto es que nunca me animé a contarle la verdad y así pasó la vida.

Voy a dejar esta casa, papá se transformó en otro de mis temas populares y aún hoy en día lo pasan por radio. Yo estaba muy influenciada por Robert Plant, cantante del grupo Led Zeppelin, e imitaba sus increíbles alaridos, que escalaban conmigo al final del tema cuando lo grabamos, y quedó como un homenaje a Plant. La banda suena tan potente y ajustada que hasta hoy, cuando escucho ese tema, me siento orgullosa de esa grabación. Estábamos todos influenciados por el vuelo de Sgt. Pepper’s, las producciones de George Martin, lo que lograban a nivel auditivo en el estudio con tan pocos canales, la imaginación y dedicación con que grababan esos tracks. Nuestro ingeniero, Norberto Orliac, era un flaco con anteojos de vidrios de aumento gruesos, lleno de talento e intuición. Amaba la música, lograba efectos especiales, reverberaciones que quedaban flotando en el éter y ecos raros que terminaban siendo como vidas aparte. Era un músico más. Se puede oír su creatividad en temas como Voy a dejar esta casa, papá y Hombre de las cabras blancas.

Dentro de mí vivían dos cantantes, una salvaje, eléctrica y mandada, la otra acústica, tierna y aún adolescente. Yo lo transitaba como algo natural, y como en ese momento nadie hablaba de lo que exigía el mercado, estaba todo bien y aceptado. Era así.

Un hombre extraño

vivía bajo un puente

y veinte cabras blancas

le hacían compañía.

En esa época yo escuchaba mucho a Fairport Convention, un grupo inglés al que perteneció Sandy Denny durante un tiempo, cantante a quien yo adoraba, y que encima fue partícipe de The Battle of Evermore, uno de mis temas favoritos de Led Zeppelin. Eso me hacía admirarla aún más. Musicalmente siento la influencia de la música británica en cómo canto y fraseo Hombre de las cabras blancas. Edelmiro inventó una parte de guitarra hipnótica que siempre me encantó y Emilio del Guercio se ensambló de manera perfecta con su flauta.

Las mil vidas de Gabriela
Gabriela Parodi

Esta canción está basada en una historia real. El hombre de las cabras blancas vivía en un camino de tierra que se construyó en los años cincuenta y que conectaba a Rauch con Azul. Recién en 1978 esa ruta se asfaltó. Fue denominada la 60 o “Camino de la Rastrillada” por ser la que transitaban los nómades originarios en sus travesías entre la costa y la cordillera. Un día, al lado de una de las alcantarillas, se instaló un hombre de ojos anegados por el miedo, barba, pelo largo y una boca desdentada. Cuando hablaba lo hacía en otro idioma. Era imposible entenderle porque más que hablar, balbuceaba. La mayoría del tiempo estaba en silencio, agradecía lo que se le daba con algún gesto o sonrisa. En esa época a estos personajes se los llamaba linyeras. No eran peligrosos, transitaban los caminos y los campos con una bolsa de arpillera al hombro y entraban en las estancias solo a pedir carne y galleta. Pero este era diferente. Permaneció en ese camino hasta su muerte. Recibía donaciones, sembraba pequeñas huertas y comía de ellas. Una vez aparecieron un par de cabras que se fueron reproduciendo. Llegaron a ser unas veinte. Él las cuidaba con amor, como si fuese un pastor. Las ordeñaba, tomaba su leche, y de vez en cuando carneaba algún cabrito para comer. A veces yo iba a caballo a llevarle mercadería. Se acercaba, le daba una palmadita a mi caballo y me sonreía.

Al principio fue toda una novedad, luego los vecinos se acostumbraron y se convirtió en parte del paisaje. Hasta que un día nos enteramos de que era italiano, que había peleado en la Segunda Guerra Mundial, que se había tomado un barco a Argentina y en algún momento había perdido sus facultades mentales. Un día, en un rapto de lucidez, le mostró una medalla con la que lo habían condecorado en la guerra, su única posesión, a uno de los vecinos del campo. Se llamaba Manuel, le decíamos Manuelito. Vivió unos veinte años en ese camino. Pero un otoño el hombre de las cabras blancas se fue al otro mundo. Encontraron su cuerpo una mañana, cubierto por la primera helada de marzo. Su espíritu quedó rondando en el camino. A veces, manejando de noche se ve una figura diáfana que atraviesa la luz de los faros, se oye un balido lejano que se entrevera con el sonido de los motores, en alguna conversación. Nadie para.

A cierta hora

se ve la figura

de un hombre terrestre

que ríe, que baila,

y se aleja volando, seguido de veinte luciérnagas,

veinte luciérnagas blancas.

Yo quedé obsesionada con este hombre y su historia. En esa época era difícil documentar lo que uno componía. Pero había compuesto una pequeña obra basada en lo que pensaba que podría haber sido la historia de este hombre, su infancia y adolescencia en Italia, la guerra, su partida a Argentina en un barco lleno de inmigrantes. Desafortunadamente esta obra, junto a otra cantidad de cosas creativas que eran importantes para mí, permanecieron en un galpón del campo cuando emigré a Los Ángeles. Y se las llevó el agua en la inundación de 1980. Lo único que quedó registrado, porque lo compuse y grabé con León Gieco, fue el tema con el que planeaba cerrar mi pequeña obra.

Una noche vinieron León y Alicia, su mujer, a nuestra casa de Vicente López. Estaban entre nuestros mejores amigos. León me dijo que quería que escuchara una melodía que se le había ocurrido. Me la tocó en la guitarra. Le conté que yo ese día había escrito una letra. La canté sobre la melodía de él y funcionaba a la perfección. Fue uno de esos milagros de la música que ocurren muy de vez en cuando. Adiós, hombre viejo:

Adiós hombre viejo de la mente blanca,

lugares profundos te andan reclamando

desde zonas vírgenes de la tierra adentro.

No sientas miedo, no sientas frío,

mira que morir es tan natural

como nacer.

Otro tema que incluí en el álbum Gabriela se llama nada menos que Para mi padre. Yo amaba a una cantante rara que, como yo, se llamaba simplemente Melanie. Su nombre completo era Melanie Safka. Tenía una voz hiriente, punzante, como de rockera rumana, pero a mí me encantaba. Su tema, For My Father, era como si lo hubiera escrito yo, lo sentía mío. Decidí traducirlo y cantarlo. Cuando me mudé a Los Ángeles la fui a escuchar una noche al famoso Troubadour, donde también se encontraba John Lennon entre el público, y le regalé mi disco con su tema traducido al español. Nunca olvidaré su expresión de sorpresa y desconcierto ante aquella rareza. Esto ocurrió años antes de que existiera el rubro World Music. Para mi padre quedó, junto a Voy a dejar esta casa, papá y Rodando mis ideas al revés como el estilo que encontré de cantar rock and roll. Una mina ácida y llena de furia.

En ese entonces el arte de tapa de los discos era muy importante, formaba parte de ese documento que quedaba para la posteridad reflejando la música, y encima, por el tamaño de los vinilos, se veía todo en detalle. Con los CD y luego la digitalización musical se perdió esa magia, todo se ve diminuto y se necesita una lupa para leer los créditos, las letras. Para mí fue siempre parte de mi trabajo creativo inventar la tapa de un álbum. Era esencial representar honorablemente la música, una misión fascinante. Terminaba eligiendo fotógrafos afines y poniendo mucho trabajo en idear y experimentar en equipo. Las fotografías de la tapa de mi primer disco, Gabriela, fueron tomadas por José Luis Perotta, un reconocido fotógrafo argentino. Nos fuimos con Edelmiro, Emilio del Guercio y José Luis Perotta al campo donde yo crecí, en Rauch, y pasamos un par de días mágicos. Para mí era importante que esa tapa representara libertad, y no había símbolo más apropiado que ser fotografiada encima de un caballo, galopando. Nos fuimos los cuatro cabalgando a una laguna lejana y salvaje, Perotta cargando una mochila pesada con todas sus cámaras y equipos encima de un caballo, incómodo y fuera de foco. Una aventura en un día nublado pegaba a la perfección con la idea de la tapa. La noche anterior recé con todas mis fuerzas para que no saliese el sol. Dios me escuchó. Yo quería ese tinte plateado que da el blanco y negro, no quería color, mi deseo era captar el paisaje pampeano en un día de acero, el agua de la laguna con reflejos plomizos, ese clima. Las nubes manchaban los llanos de blanco y de negro, flotaban cerca de la tierra, cerca nuestro, se podían palpar. Había cierta neblina sobre la laguna que cubría el agua con algo parecido a una capa de algodón.

Yo iba montada en la Soñadora, una yegua alazana angloárabe, muy veloz. Nos adorábamos, nos entendíamos de maravilla. Teníamos una relación caballo/jinete perfecta. La elegí a ella ese día porque sentía que estábamos en la misma frecuencia. Éramos las dos jóvenes, ágiles, intrépidas, con la misma necesidad de libertad y velocidad. Le largué las riendas y volamos. Volamos sobre la neblina, sobre el pasto mojado, sobre las capas de algodón, a través de los juncos, del blanco y del negro. Perotta documentaba todo, sus fotos como relámpagos, inmerso en su arte, el mundo olvidado a un costado excepto el acto de fotografiar el aquí y ahora.

Ese disco me puso en la escena, ahí arriba. Trabajé un montón durante ese tiempo. Tenía fans que se me acercaban y me pedían autógrafos, pibes que transitaban la colimba, chicas adolescentes que me tomaban como referente e imitaban la manera en que me vestía, con quienes intercambiábamos anillos, cadenitas, admiración. La gente me llenó de amor. Fue una época muy feliz. Pensé que de eso se trataba la vida. Que siempre iba a ser así.

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