¿Cómo limpiamos el espacio de desechos orbitales?
Lanzado en febrero, el satélite japonés ADRAS-J tiene por misión recabar información sobre la etapa de un cohete que va a ser desorbitada. Astroscale

El aumento del tráfico espacial, debido sobre todo a la llegada de nuevos actores privados y a la democratización de las tecnologías espaciales, está provocando un incremento exponencial del número de objetos en órbita. Esta situación va a plantear graves problemas de seguridad si no se aborda rápidamente.

El principal peligro reside en las colisiones entre satélites y basura espacial. Éstas se producen a velocidades muy altas (entre 7 y 16 km/s) y la colisión de un solo objeto puede generar multitud de piezas adicionales de basura, creando un efecto dominó y agravando el problema. El proceso se conoce como síndrome de Kessler, en honor al científico estadounidense de la NASA que advirtió por primera vez del problema en 1978.

En la actualidad, sólo podemos observar objetos en órbita mayores de 10 cm desde el suelo. Hay alrededor de 35 000 objetos mayores en órbita, 9 000 de los cuales son satélites activos, incluidos 5 200 satélites Starlink y 600 satélites OneWeb.

Se calcula que el número de objetos de basura espacial mayores de 1 mm es de unos 128 millones. El riesgo de colisión es especialmente elevado en zonas como la órbita terrestre baja, donde se concentran la mayoría de los satélites.

Medidas preventivas: satélites fuera de órbita

Para evitar la creación de nuevos desechos, es esencial poner fuera de órbita los satélites al final de su vida útil. Se trata de una operación compleja y costosa, que requiere reservar parte de la energía del satélite para propulsarlo hacia la atmósfera terrestre y que pueda desintegrarse gracias a la fricción del aire.

Desgraciadamente, muchos satélites lanzados en los primeros años de la era espacial no han sido desorbitados y ahora constituyen “espadas de Damocles” en órbita, aumentando el riesgo de colisiones y constituyendo una reserva de pequeños desechos imposibles de rastrear en caso de fragmentación.

Distintas startups y empresas trabajan en los componentes tecnológicos necesarios para acercarse a estos desechos, sincronizar su trayectoria con la del vehículo que los recoge, atraparlos y, por último, ponerlos fuera de órbita. Se trata de una operación compleja y costosa.




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En la actualidad hay varios proyectos de retirada activa de escombros (ADR, por sus siglas inglesas) en marcha. Entre ellos, el proyecto ClearSpace-1 de la Agencia Espacial Europea (ESA), que pretende poner fuera de órbita una etapa de 112 kg del cohete de lanzamiento Vega en 2026.

Representación de la misión ClearSpace-1 atrapando una etapa del lanzador Vega.
ClearSpace-1 utilizará la tecnología de brazo robótico desarrollada por la ESA para capturar una pieza del lanzador Vega y realizar una reentrada atmosférica controlada.
ESA, CC BY

La empresa japonesa privada Astroscale también lleva desarrollando actividades ADR desde 2013, con varias demostraciones en órbita ya finalizadas. Su misión ADRAS-J, lanzada el 18 de febrero, tiene como objetivo aproximarse a una tercera etapa de los lanzadores japoneses H-2A puesta en órbita en 2009 y sincronizarse con ella para validar la fase final de aproximación.

Y la startup francesa Dark también se está posicionando para interceptar desechos con soluciones innovadoras.

Posibilidades para un modelo de negocio

El negocio está en auge, pero necesita un punto de apoyo comercial si realmente quiere “despegar”. De momento, sólo los gobiernos financian este ámbito. Así que todavía no es económicamente viable ir en busca de residuos espaciales.

Para resolver el dilema, deberíamos que ser capaces de dar valor a los escombros fomentando su reciclaje y reutilización. También podríamos intentar calcular el coste económico de una colisión y la gran cantidad de desechos generados que perturbarán las operaciones espaciales. La pérdida de ingresos causada por la inacción debe sopesarse con el coste de la operación de limpieza. Pero actualmente es muy difícil estimar y construir estos modelos económicos.

Para remediar este problema, se está estudiando la idea de un servicio de recuperación, remolque y reparación de satélites en órbita, capaz de capturar la basura espacial. Este sistema se basaría en naves espaciales polivalentes.

Además de reparar los satélites averiados, estas naves capturarían los desechos al final de sus misiones de reparación, devolviéndolos a la atmósfera terrestre para su desintegración. Este modelo de negocio tiene la ventaja de generar ingresos por el servicio de reparación y la posible recuperación de materiales de los desechos.

La normativa puede servir de apoyo a este modelo de negocio. Una norma según la cual todos los objetos puestos en órbita deben ser desorbitados al final de su vida útil implica la necesidad de “sistemas” que recojan los vehículos averiados. La analogía con los paquetes de reparación de averías en las autopistas no es descabellada.

Así, sería más barato pagar a un servicio de asistencia en carretera para recuperar un vehículo averiado que disponer uno mismo de la capacidad de recuperación. Esto podría fomentar una economía virtuosa que limpie los objetos puestos en órbita recientemente, pero que también recupere objetos de misiones históricas que hoy nos resultan molestos.

La necesidad de cooperación internacional

Sin embargo, sigue habiendo retos. El desarrollo tecnológico para capturar y retirar de órbita los desechos espaciales aún está en curso. Además, se necesita un marco jurídico internacional para definir las responsabilidades y obligaciones de los actores implicados.

La colaboración entre las naciones es esencial para desarrollar soluciones tecnológicas y jurídicas eficaces y garantizar la seguridad del espacio para las generaciones futuras.

En conclusión, el establecimiento de un modelo económico para la limpieza de la contaminación espacial es una cuestión crucial para garantizar la seguridad y la sostenibilidad de la exploración del espacio. Aunque quedan retos por delante, la colaboración internacional y la innovación tecnológica pueden ayudar a superarlos y garantizar un futuro sostenible para el espacio.

The Conversation

Pierre Omaly no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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