Cuando el miedo se generaliza: de la rata de Albert al impacto emocional de las palabras
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Hace algo más de un siglo, se realizó uno de los experimentos más polémicos en la historia de la psicología. Los investigadores pusieron a jugar con una peluda rata a Albert, un bebé de 8 meses. El pequeño se mostró curioso al principio, y no tardó en hacer muy buenas migas con el roedor.

Pero la situación dio un giro inesperado. Mientras jugaba con su amigo, los investigadores provocaron un ruido estridente. Este ruido hizo que Albert comenzará a llorar. El emparejamiento rata-ruido se repitió en días posteriores, hasta el punto que que la sola presencia del animal provocaba un llanto incontrolable en el pequeño.

Pavlov y sus perros

Al igual que los perros de Pavlov, Albert había sido condicionado. Semanas después, el pequeño volvió al laboratorio para que los investigadores pudiesen contestar una pregunta clave: ¿transferiría Albert el miedo adquirido a otros estímulos? Los científicos observaron que la respuesta de miedo seguía ocurriendo en presencia del roedor, indicando que recordaba lo que había aprendido.




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Sin embargo, también respondía con miedo ante la presencia de un perro, un conejo e incluso una máscara de Santa Claus con su larga barba blanca. Por el contrario, esto no ocurría ante juguetes de madera. Y ¿qué tenían en común los objetos que provocaban el miedo?

Generalización del aprendizaje

Que todos eran peludos, al igual que el roedor. Albert había generalizado el miedo a estímulos que compartían características físicas con la rata. De esta forma, la generalización es el proceso que permite a los organismos responder ante estímulos nuevos (conejo) basándose en su experiencia previa (la rata).

El proceso de generalización permite a animales y humanos adaptarse de forma eficiente a su ambiente, ya que utilizamos nuestra experiencia previa para guiar nuestras respuestas futuras. Pero, basándonos en nuestra propia experiencia, podríamos afirmar que la reacción de Albert no fue del todo adaptativa. Una máscara de tela de Santa Claus no es peligrosa ni debería provocar temor.

En este caso, Albert podría haber incurrido en el proceso de sobregeneralización. Salvando las distancias, si caminando por la calle nos ataca ferozmente un perro grande y peludo, responderemos seguramente con miedo y ansiedad. Pero al igual que le pasaba a Albert, si sobregeneralizamos el miedo, terminaremos respondiendo con ansiedad excesiva ante cualquier animal que se parezca a ese perro, ya sea un chihuahua o una chinchilla.

¿De qué depende la respuesta de generalización?

La semejanza física entre objetos es fundamental para que se produzca la respuesta de generalización. Cuanto más parecidos son los objetos entre sí, mayor será la generalización. En cierta forma, es como un eco: la respuesta va decayendo a medida que los objetos se parecen menos al estímulo condicionado.




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A nivel experimental, se observa muy claramente manipulando dimensiones físicas de forma controlada. Por ejemplo, si el estímulo condicionando es un tono de una determinada frecuencia (400Hz), la respuesta será máxima ante esa frecuencia. Sin embargo, al variar la frecuencia (ej, 380Hz, 360Hz, 340Hz), la respuesta irá progresivamente decayendo, en lo que se conoce como un gradiente de generalización. Este fenómeno se observa en diversas especies de animales y a través de muchas dimensiones físicas.

De Cervantes a Shakespeare

Nuestro mundo no es sólo físico. Vivimos inmersos en un mundo abstracto, lleno de ideas y conceptos simbólicos que representamos y comunicamos a través del lenguaje. Por eso no debe sorprendernos que la generalización también ocurra a nivel simbólico. Por ejemplo, al condicionar una palabra como “sopa” con una pequeña descarga eléctrica, los participantes muestran miedo ante esa palabra, pero también ante un sinónimo como “caldo”.

Además, cuando en personas bilingües se asocia una palabra como “taza” en español con una descarga, el miedo se transfiere a la palabra inglesa correspondiente “cup”. Estas palabras no tienen ninguna similitud física, no tiene letras parecidas ni suenan igual, pero si están conceptualmente relacionadas.

Si el valiente hidalgo de la mancha supiera hablar con soltura la lengua en la que Macbeth recitaba sus versos, el escuchar la palabra windmill hubiera despertado sus fábulas.




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La emoción que despiertan las palabras

Más allá del significado, algunas palabras también despiertan emociones. Este nivel de afectividad se puede representar en una dimensión que va desde palabras que tienen connotaciones negativas como “pistola”, hasta palabras que evocan emociones positivas como “abrazo”. En medio quedarían palabras neutras como “vaso”.

Es más, las emociones que despiertan las palabras suelen coincidir entre distintas personas, como lo muestran las bases de datos normalizadas. Estas emociones se sitúan en un abanico que va de lo totalmente negativo hasta lo positivo. Es decir, en un continuo, al igual que ocurre con una dimensión física. En este sentido, una pregunta que nos hemos planteado recientemente ha sido: ¿pueden las emociones modular el gradiente de generalización al igual que una dimensión física?

La respuesta es que sí. En nuestro estudio encontramos que la emoción de las palabras moduló el gradiente de generalización. Cuando las palabras expresan emociones más parecidas a las de la palabra condicionada, las respuestas son más intensas y decaen gradualmente según se refieren a emociones menos semejantes. Es más, el gradiente obtenido fue muy similar al que se observo en otra condición diferente pero variando la orientación de unas líneas, es decir, una dimensión física.

Estos resultados abren la puerta a nuevos enfoques e investigaciones que ayudaran a comprender mejor la respuesta de generalización. Hasta la fecha las connotaciones emocionales en la respuesta de generalización no habían sido estudiadas. Pero, al igual que las propiedades físicas de los objetos o las representaciones simbólicas a través del lenguaje, las características emocionales también afectan a la respuesta de generalización.

Podría ocurrir que nuestro comportamiento se modifique en función de la emoción que nos despiertan las palabras. Por ejemplo, en personas que padecen un trastorno de ansiedad provocado por hablar en público, el mero hecho de escuchar palabras relacionadas con esta situación podría incrementar su activación de manera excesiva. De esta forma, comprender el impacto emocional que ejercen estas palabras podría ser de ayuda para desarrollar intervenciones encaminadas a ayudar a la personas a controlar una indeseada sobregeneralización del miedo en casos concretos, como el de Albert. Y ahora que mencionamos al pequeño, quizás os preguntéis que pasó con él.

¿Y qué fue de Albert?

Albert, sin pretenderlo, se convirtió en una de las figuras más emblemáticas de la historia de la psicología. Su experimento fue uno de los primeros en describir el fenómeno de generalización, que posteriormente ha sido estudiado sistemáticamente. Influyó mucho en el conocimiento de nuestros comportamientos, pero también en aspectos ético sobre los límites de la investigación.

El pequeño abandonó el laboratorio con temor a objetos peludos. La segunda parte del experimento consistía en buscar la forma de eliminar el miedo adquirido, por ejemplo, a través del proceso de extinción. Hoy en día un procedimiento muy utilizado en el tratamiento de fobias.

Sin embargo, la universidad impidió que el estudio continuara por proteger a Albert (a buenas horas, podríamos decir). Aunque el destino del pequeño sigue siendo un misterio, algunos autores sugieren que de ser ciertas sus pesquisas, Albert habría seguido evitando a animales peludos y se sentiría ansioso en su presencia durante toda su vida.

The Conversation

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Gonzalo Urcelay no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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