¿Desde cuándo existen las naciones?

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El debate público está lleno de afirmaciones sobre la antigüedad o modernidad de las naciones. Los especialistas han discutido el tema intensamente, pero sin acuerdo. Sí hay, no obstante, una gran cantidad de investigación disponible.

¿Qué es una nación?

Los nacionalistas contemporáneos imaginan las naciones como sujetos colectivos dotados de sentimientos, derechos, voluntad y dignidad. Solo se puede pertenecer a una, son dueñas de un territorio y sus rasgos comunes se mantienen en el tiempo.

En realidad, todas las naciones son consecuencia de procesos de construcción social inestables y cambiantes. No son el sujeto, sino el resultado de la historia. No son las derivaciones naturales e inevitables de realidades objetivas. Se crean y reproducen en las mentes de sus miembros, personas que se identifican con el nombre de la nación y de una manera u otra piensan que comparten algo con sus compatriotas.

No es raro que individuos implicados en diferentes naciones reclamen el mismo territorio. De hecho, la realidad social más frecuente es la plurinacionalidad, con numerosos espacios de ambigüedad, indiferencia y multiplicidad.

Como el dinero, las naciones son una convención útil. Sus fundamentos son invenciones, pero sus consecuencias son reales. Los fenómenos nacionales satisfacen la necesidad de sentirse parte de un grupo y proporcionan autoestima. Sin embargo, los supuestos “rasgos comunes” que caracterizan a las naciones son siempre una ficción, imposible de aplicar a todos sus miembros, y están continuamente en disputa.

Una historia compleja (y no exclusivamente moderna)

Por supuesto, las formas de imaginar los vínculos nacionales han cambiado a lo largo del tiempo. Trataré aquí únicamente de las que afectan al asunto de la antigüedad/modernidad. Muchos historiadores afirman que no existen naciones antes de la época contemporánea, pero otros entendemos que esto no es sostenible desde la evidencia empírica.

Es necesario aclarar que lo que sigue no es aplicable a todos los procesos de construcción nacional. Casos como Argentina o Indonesia tienen un inicio claramente moderno y esto no hace sus nacionalismos menos potentes o legítimos.

Las primeras naciones europeas fueron el resultado de la necesidad de clasificar a las personas según su origen (la etimología de natio se asocia a “nacimiento”). Por ejemplo, en la Edad Media había naciones eclesiásticas en los concilios o naciones de estudiantes en las universidades. Su manera de expresar procedencia era amplia y flexible. A veces el término podía usarse también con ciudades (“milanés de nación”) o con razas y religiones (“de nación judía”, “negro de nación”).

Durante la Edad Moderna (siglos XV-XVIII), el significado de nación se va concretando en territorios más definidos y rasgos psicológicos colectivos (lo que en la época se llamaban “caracteres nacionales”). Incluso se vincula a estructuras políticas existentes (por ejemplo, “francés” con la monarquía de Francia).

Tabla de los Pueblos, Estiria, principios del siglo XVIII. Representación de los distintos pueblos de Europa según sus ‘rasgos colectivos’ (incluyendo la supuesta tendencia al estreñimiento de los españoles y a la sífilis de los franceses).
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Por lo tanto, la nación como sujeto colectivo no fue una creación de los revolucionarios liberales. El verdadero cambio, ciertamente revolucionario para el momento, fue asociar nación con soberanía. De esta forma, la voluntad de la nación se convirtió en el origen del legítimo poder político. La asamblea de los ciudadanos (o sus representantes) se constituía así en creadora de derecho.

Durante el siglo XIX se desarrolló también la nación romántica. Frente a la nación de ciudadanos, el romanticismo entiende la nación como un “espíritu nacional” esencial. Su existencia dependería de realidades teóricamente preexistentes a la voluntad como la lengua, la tradición o el paisaje.

Por último, en el ámbito social, los cambios derivados del despliegue del liberalismo y la industrialización (ejército nacional, escuela y alfabetización, esfera pública, urbanización, etc.) contribuyeron decisivamente a la expansión de la nación entre las masas.

Los defensores de la modernidad radical de las naciones tienden a señalar que las naciones previas a la nación de los liberales no eran realmente naciones, ya que no son como nuestras naciones, naciones modernas, naciones soberanas.

En este asunto la importancia de las transformaciones revolucionarias es innegable, pero ese exceso de rupturismo tiene sus costes. Por un lado, oscurece la comprensión de una parte relevante del siglo XIX (por ejemplo, la nación de los antiliberales). Por otro, dificulta la legitimación académica del estudio de los siglos anteriores.

Dicho de otra manera, nuestro dinero es esencialmente virtual, válido por decreto e impreso en papel o equivalente. Ciertamente, es dinero. Pero no por ello llamamos “proto-dinero” a los reales de a ocho o definimos los denarios romanos como “antecedente” de la moneda “de verdad” porque resulta más cómodo para el estudio de la posterior moneda fiduciaria.

La trampa genealógica

Con todo, existe una razón de peso para la desconfianza en deshacer la relación necesaria entre nación y modernidad. Sin la cautela y la precisión adecuadas, esta interpretación puede acabar en la justificación de las afirmaciones nacionalistas sobre la larga historia de las naciones.

Ante la mitificación, la investigación proporciona dos argumentos. El primero es que no basta con constatar la existencia de palabras familiares en documentos de otras épocas (“nación”, “España”, “español”) para demostrar la antigüedad de esta u otra comunidad. Lo importante es la evolución de los significados, los usos de esas palabras en cada contexto. Integrar adecuadamente las continuidades debe llevar a entender mejor los cambios, no a difuminarlos. Y esto la investigación histórica lo puede abordar.

El segundo es que la pregunta por los orígenes perpetúa el marco mental de los nacionalistas y es por lo tanto capciosa. Lo es porque convierte la reconstrucción de las naciones pasadas en la genealogía de la nación presente. Trata la nación como un sujeto colectivo que supera a los individuos que creen en ella en cada momento y la eleva a protagonista de un relato épico presentado como la memoria de los antepasados. Cual novela de aventuras, le atribuye un “momento fundacional” y una serie de “momentos críticos” conectados linealmente.

Sesión del Congreso de los Diputados español, presidido por las estatuas de los Reyes Católicos y los cuadros ‘María de Molina presenta a su hijo Fernando IV en las Cortes de Valladolid de 1295’, de Antonio Gisbert (1863) y ‘El juramento de las Cortes de Cádiz de 1810’ de Casado del Alisal (1863).
Foto: EFE/Manuel H. de León, CC BY-SA

El resultado es una historicidad impostada, basada en el esencialismo y en imponer un hilo conductor a los millones de contingencias y vicisitudes que hay en cualquier proceso de construcción nacional.

Por ello, como un sociólogo de la religión no se plantearía validar si Dios es Uno y Trino, los historiadores deberían relativizar (o incluso abandonar) la discusión sobre la antigüedad de las naciones. En su lugar, una parte de la academia lleva tiempo dedicada a sustituir la teología de las naciones por una genuina historia de los fenómenos de identificación nacional. Mi argumento es que tal historia no pasa siempre por los presupuestos de la “nación moderna” y (en algunos casos) comienza antes de la época contemporánea.

The Conversation

Raúl Moreno Almendral ha recibido fondos para la investigación del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España a través de los proyectos HAR2017-87557-P y PID2020-116449GB-I00, así como del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte a través de la ayuda FPU13/00339.

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