Duki y su macrodiscoteca de oro: trap líquido para alcanzar el éxtasis en Madrid

Redacción

Las infinitas colas que rodeaban el Santiago Bernabéu a media tarde ya adelantaban lo que iba a pasar. Si no hubiese sido por los últimos rayos de luz, cualquiera podría haber pensado que corrían las dos de la madrugada. Botas altas, cadenas gruesas y gafas oscuras parecían indicar la entrada a la típica discoteca de las afueras a la que no sabes muy bien cómo has llegado. Pero, claro, como has tardado lo tuyo, ya que estás, entras. Y te mimetizas. De camino a las gradas, el éxtasis no paraba de aumentar. Una sensación similar a pagar el ropero y dirigirte, cerveza en mano, a la pista. 65.000 almas querían perrear, rapear y frontear al ritmo de un Duki que, tal y como sucedió, estuvo a la altura de la cita. Perdón, de la discoteca.

A cara de perro se plantó en el escenario. Sugerente y provocativo, de inmediato levantó al estadio. Les bastaron los primeros acordes de Rockstar para lograrlo. De un lado para otro, intentó que nadie se sintiera apartado: en su particular club todos tienen su sitio. Aunque, ya saben, siempre hay alguien cuya labor es acompañar más que deleitarse. Ay, aquellos padres que aguantaron los gritos persistentes de sus hijos mientras sonaban Pintao, Otro Level y hARAkiRi. Se les notaba que eran más de David Bisbal que de Duki. No obstante, éste hizo lo posible por integrarlos: juegos de luces, llamaradas, pantallas LED… Sin embargo, la conexión brilló por su ausencia.

Podría decirse que fue un concierto por y para una generación que, como él, durante años, se ha sentido poco escuchada. De hecho, a pesar de su facilidad para mezclar el trap, el drill y el funk, la gran fortaleza de Duki son las letras… aunque éstas apenas se entendieran por la pésima acústica. Curtido en las calles de Buenos Aires, fue perfeccionando una técnica que le impulsó a ganar ‘El quinto escalón’, un concurso de freestyle organizado por Ysy A. Desde entonces, casi sin recursos, la masa de seguidores no ha hecho más que aumentar. En parte, gracias a su historia de superación: la de un chaval que, tras abandonar los estudios a los 17, empezó a trabajar en una farmacia que dejó al tiempo para cantar en la calle. Una década después es uno de los iconos de la música hispana.

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Duki, durante el concierto en el Bernabéu.
Europa Press
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«No sé qué hice para merecer esto, pero gracias de corazón», dijo Mauro Ezequiel Lombardo Quiroga, el nombre detrás de Duki. Entonces, una marea de aplausos y vítores se desató en un recinto salpicado por numerosas banderas de Argentina. Un estado de enajenación eurítmica que regresó a España tras reventar el WiZink Center en 2023. Abrumado por la reacción, no puedo evitar emocionarse: si bien lleva un par de temporadas en la cresta de la ola, mantiene la humildad de los inicios. Un detalle que, a diferencia de otros nombres similares, le ha acercado aún más a su público. Arropado por la banda, el artista sacó lustre a las mejores rimas de su carrera con un sonido tan eléctrico como diluido.

Explosión colectiva

Top 5, Si te sentís sola, GiGi, Lost Tape y Jefes del sudoeste, con la dosis justa de afinación, pues Duki emplea el autotune con premeditación y alevosía, confirmaron su punto fuerte: los crescendos rapeados que terminan en una explosión colectiva. Todo ello mientras, de fondo, se proyectaban estampas que poco tenían que ver con su mensaje. Quizá, ésta sea su particular manera de despertar curiosidad entre los no fans. O, al menos, de entretenerlos. Hubo quien, incluso, se dedicó a fotografiar cada uno de los planos. ¿Para qué? El grupo de WhatsApp al que los envió dictará sentencia. De lo que no hay duda es de que, en el futuro, cuando ya sea imposible conseguir una entrada, podrán decir que le vieron en concierto. Bueno, tantearon. Porque miraron más la pantalla que el show. Incluso cuando las ovacionadísimas Emilia y Nicki Nicole tomaron las tablas.

«Empezamos tocando para 30 personas y, ahora, te llenamos el estadio», paladeó en la sesión con Bizarrap que le catapultó en 2022. Un verso premonitorio de lo que está viviendo. A Duki no le ha hecho falta una voz prodigiosa para transformar sus vivencias en himnos. Simplemente, se ha encargado de traducir emociones que, hasta hoy, no encontraban su reflejo en la música. Tal vez, por ello, hubo tantos padres que no supieron leerlo. Sus canciones están escritas en un idioma que, si no has vivido según qué cosas, en ocasiones, resulta difícil de entender. De ahí que, como ocurre con Wos, Nathy Peluso o Trueno, sólo un puñado lo sientan como propio. Aquellos que, vaya, se adentren sin prejuicios a su discoteca.

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