Durante siglos, miles de franceses emigraron al Mediterráneo español
Paisaje, probablemente de la región francesa de Auvernia, de Théodore Rousseau, de la escuela de Francia. Museo del Louvre

De acuerdo con el informe del Banco Mundial en 2023, el 2,3 % de la población mundial vive actualmente fuera de su país natal. Desde el origen de los tiempos hasta la actualidad el ser humano ha migrado, abandonando su lugar de nacimiento para instalarse en otra tierra. Las razones y el impacto de estos movimientos son siempre variados y complejos. Pero estudiar situaciones así en el pasado ayuda a entender esta tendencia y sus complejidades.

La migración de ciudadanos franceses hacia los territorios de la Monarquía Hispánica durante los siglos XVI, XVII y XVIII fue un fenómeno histórico de gran envergadura. Esta migración no solo transformó las regiones de Andalucía, Valencia, Cataluña, Aragón y otras partes del territorio. También dejó patentes las tensiones y los desafíos a los que se enfrentaron los migrantes franceses debido a la xenofobia y los cambios políticos.

En algunos lugares próximos a la frontera, como fue el caso de Cataluña, la migración fue realmente masiva. Por ejemplo, en el período 1576-1625, en el 23,1 % de los matrimonios celebrados en la parroquia de Sant Just, en Barcelona, al menos uno de los dos intervinientes era de origen francés.

Estos datos se replican en otras ciudades, como Valencia, donde se estima que la población de franceses en el siglo XVI era de entre un 7 % y un 31 %, en base a los estudios realizados de los ingresos en el Hospital General de Valencia.

Emigrantes de Auvernia

Contrapuesto a este fenómeno migratorio inespecífico, también se ha documentado en determinados puntos de la península –como en Calamocha (Teruel), Cocentaina (Alicante) o Nules (Castellón de la Plana)– lo que se conoce como el modelo migratorio “auvernés”.

Mapa de Francia en el siglo XVIII. La región de Auvernia se sitúa en el centro del país.
Mapa de Francia en el siglo XVIII. La región de Auvernia se sitúa en el centro del país.
Wikimedia Commons

Auvernia, región histórica de Francia central, destacó por enviar un flujo constante de personas hacia áreas específicas de la Monarquía Hispánica. Las causas de expulsión fueron múltiples y complejas. Entre ellas estaban la pobreza de los suelos de Auvernia o el modelo de transmisión de la herencia de padres a hijos (donde el hermano varón mayor se llevaba toda la herencia familiar).

Entre las causas de atracción se plantean el vacío de mano de obra dejado por los moriscos tras su expulsión o los episodios hiperinflacionistas que experimentaba la monarquía hispánica por la llegada masiva de oro de América (y que permitían que los franceses cobrasen sueldos altos que habían subido para contrarrestar la inflación y, por tanto, ahorrar mucho para después llevar riquezas a su país de origen).

Este patrón geográfico definido marca una diferencia significativa con los modelos migratorios más amplios. En estos, los inmigrantes tienen orígenes diversos y se establecen en diferentes áreas, sobre todo cerca de los límites fronterizos, como vimos en el caso de Cataluña.

Otro aspecto distintivo del modelo auvernés fue la calificación de los migrantes. En modelos más genéricos, estos suelen ocupar posiciones de baja cualificación. Pero en el modelo auvernés, los inmigrantes tienden a evolucionar hacia ocupaciones artesanales, como la calderería, o hacia el comercio de diversas mercancías, especialmente animales de tiro, tejidos y alimentos. Estos ciudadanos se organizaron a través de complejas redes regionales, colaborando con otros comerciantes de origen francés.

Siguiendo con este patrón migratorio, en el litoral mediterráneo, en ciudades como Alicante, Valencia y Murcia, se produjo una acumulación significativa de intereses franceses en la producción y distribución de productos locales, como el vino fondillón en Alicante. La presencia de estas familias francesas fue destacada, y algunas de ellas dominaron los negocios de toda la ciudad.

A su vez, este poder acumulado también fue el origen o, al menos, el catalizador, de capítulos de xenofobia, tanto popular como institucional.

Desconfianza hacia los franceses

Retrato de una mujer que posa con un vestido abultado y un peinado también abultado.
Retrato de Mariana de Austria, de Diego Velázquez.
Museo de Historia del Arte de Viena/Wikimedia Commons

De hecho, las tensiones entre la Monarquía Hispánica y Francia, así como las rivalidades dinásticas, propiciaron la desconfianza hacia los franceses residentes en territorio español.

Mariana de Austria, esposa de Felipe IV, en los prolegómenos de la Guerra de Devolución entre España y Francia, convocó el 2 de agosto de 1667 una Junta de Particulares. El propósito era tratar de infligir el máximo perjuicio al reino enemigo y causar a los franceses residentes en Castilla “todas las hostilidades y daños que se pudieran de cualquier manera y en cualquier forma”.

Con ello se creó la Junta de Represalias, que aplicó medidas como la confiscación de bienes a los franceses, el uso obligatorio del castellano en lugar del francés o la matriculación de extranjeros. Esta última práctica implicaba censar a todas las personas extranjeras, con el objetivo de controlar sus movimientos, prevenir posibles amenazas a la seguridad del gobierno y aumentar la presión fiscal sobre estos individuos.

Las respuestas populares frente a esta violencia institucional fueron diversas y se han documentado contextos muy similares con reacciones populares opuestas.

Un buen ejemplo se observó en las localidades vecinas de Alcoy y Cocentaina, ambas alicantinas y a escasos 5 kilómetros de distancia. A finales del siglo XVIII, en Alcoy la respuesta hacia los franceses era tranquila. Incluso se han encontrado múltiples peticiones de medidas de gracia a favor de estos individuos en el Archivo Histórico Nacional.

Mientras tanto, en Cocentaina la reacción fue completamente opuesta. Los franceses residentes en esta población fueron objeto de confiscación, menosprecio e incluso expulsión de las fronteras del Reino de Valencia, como se puede ver en el Arxiu Històric Municipal de Cocentaina.

Estas diferencias pueden deberse probablemente a que Alcoy era una ciudad con una importante protoindustria. Es decir, los trabajadores rurales, como complemento a sus actividades, también desempeñaban tareas manufactureras. Por ello, a las puertas de la Revolución Industrial, los franceses eran vistos con simpatía gracias a las corrientes de renovación política que podían introducir en el país y a los avances técnicos que aportaban a la industria local.

Dibujo de ciudadanos de un pueblo del siglo XIX bailando en una fiesta en la calle.
Boceto de la fiesta de Alcoy para el libro ‘España’, del Barón CH. Davillier, ilustrado con 309 xilografías de Gustave Doré.
Fondo Antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla, CC BY

En cambio, en Cocentaina, una sociedad más orientada hacia lo rural, los comerciantes franceses se especializaron en la venta de animales de tiro y tejidos a crédito, acumulando así un considerable número de deudores. Este hecho, posiblemente, incentivó su expulsión por parte de aquellos que buscaban liberarse de sus obligaciones.

Conclusiones

La historia de la migración auvernesa hacia la Monarquía Hispánica durante los siglos XVI, XVII y XVIII constituye un fascinante capítulo en la evolución económica y cultural de la región. Ofrece una ventana única para entender cómo la migración no solo impactó las dinámicas económicas locales, sino también las interacciones sociales y la percepción de los inmigrantes.

Además, las tensiones, las represalias y los episodios de xenofobia documentados durante periodos de conflicto evidencian cómo las rivalidades políticas y los vaivenes internacionales pueden influir de manera significativa en la convivencia de comunidades migrantes.

El estudio de las corrientes migratorias del pasado resalta su utilidad para comprender las dinámicas contemporáneas de coexistencia multicultural en un mundo en constante cambio.

The Conversation

Ignasi Belda es miembro de Demòcrates de Catalunya.

Lluís Torró Gil es miembro de Izquierda Unida.

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