El año en que los Reyes Magos me regalaron un robot

Macrovector/Shutterstock

A mí me ha tocado abrir todo tipo de paquetes y, como es lógico, algunos no me han gustado nada. Por ejemplo, el carbón. Debí portarme fatal ese año. Sin embargo, con el tiempo los Reyes Magos se fueron dando cuenta de lo que más me gustaba del mundo, y comenzó la lista de aciertos.

Si la memoria no me falla, recuerdo que mi primer regalo favorito fue un mecano. Se trataba de montar algo parecido a un vehículo tipo Transformer que podía convertirse en una especie de robot, y viceversa. No se movía de forma autónoma, tampoco hablaba, pero ni falta que hacía. El hecho de poder montarlo y transformarlo ya me parecía la bomba.

En ese momento tenía cierta experiencia en hacer rompecabezas, porque todos los años caía alguno el 6 de enero, pero con este robot transformista di el salto a los rompecabezas de tres dimensiones.

Poco después llegó el tren eléctrico. Se me abrió la boca cuando lo vi en la caja: la locomotora y los vagones por un lado, y las vías del tren por otro. Recuerdo montarlo con mi padre, conectando una vía con otra y cerrando el circuito. Y cuando accioné el interruptor y el tren empezó a moverse, aluciné. Que un juguete pudiera cobrar esa vida me entusiasmó. Era justo lo que le faltaba a mi robot.

Una actividad que las niñas podíamos elegir

Curiosamente, el año del tren eléctrico pusimos en marcha en el colegio una pequeña experiencia en tecnología que se basó en hacer un circuito con una pila, un interruptor y una bombilla. Yo ya llevaba los deberes hechos de casa. Construimos una casita con tizas de pizarra y dentro ubicamos el circuito para dar luz a la vivienda. Era una actividad que las niñas podíamos elegir en lugar de hacer punto de cruz, y yo me decidí por el circuito. Recuerdo la experiencia con mucho cariño, e incluso alguna vez la he puesto en práctica con los más pequeños de mi entorno.

Rosaura: la muñeca parlante

La protagonista de los siguientes Reyes Magos fue Rosaura. Una muñeca enorme (me llegaba casi a los hombros), articulada, a la que podías vestir y peinar. Pero lo mejor de todo era que hablaba.

La espalda de Rosaura, donde se introducía el disco que la hacía hablar.
Todocolección.net, CC BY-SA

En la espalda tenía un orificio en el que podías introducir un pequeño disco, no recuerdo bien si de vinilo, y al pulsar un botón, la muñeca lo reproducía por un altavoz y parecía cobrar vida. Fue el regalo más parecido a un robot humanoide que he recibido. No recuerdo haberla peinado ni haberle cambiado el vestido ni una sola vez, pero sí cambiarle los discos una y mil veces. Esta vez los Reyes Magos acertaron por los pelos, o más bien, por los discos.

Los videojuegos con batería

Lo siguiente fueron los videojuegos. Nada que ver con los de ahora. Los míos eran pequeñas maquinitas con botones y una pantalla, y lo máximo que sucedía en la partida era que un muñequito se moviera de derecha a izquierda o de arriba a abajo para matar a algún marciano o esquivar alguna fruta que caía del cielo. Eso sí, mi última maquinita pasó de tener pilas a tener una pequeña batería solar. La tenía que exponer a la luz del flexo para jugar por las noches, de lo contrario, la foca empezaba a desdibujarse y justo desaparecía cuando, movida por mis botones, iba directa a comerse el pescado.

Y llegó el ordenador y el lenguaje de programación

El gran salto fue el ordenador. Un MSX. Yo quería un SPECTRUM, pero los Reyes Magos debieron despistarse con la marca. Mi primo tenía el SPECTRUM y sus juegos eran mejores que los del MSX, a mi parecer. Pero lo que no tenía el SPECTRUM de mi primo era un libro que incluía códigos de programación.

Sony MSX , Modelo HB-501P.
Wikimedia commons, CC BY

Recuerdo que, al elegir uno de esos códigos de forma aleatoria y escribirlo con el teclado del ordenador siguiendo de forma escrupulosa las instrucciones, aparecieron en la pantalla una serie de círculos de colores que se redibujaban una y otra vez. Me fascinó. Ese momento fue clave para mí, ahí comenzó mi interés por conocer el lenguaje de programación y, casi sin darme cuenta, me fui enamorando de los ordenadores, la computación y la tecnología.

Quizás los Reyes Magos nunca me regalaron un robot en toda regla, pero con todos estos juguetes me despertaron la motivación necesaria y me ofrecieron algunas de las herramientas más importantes para aprender poco a poco a manejarme en el mundo de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas, lo que ahora se conoce como las disciplinas STEM.

Esa es la magia de los juguetes, lo que esconden detrás de sus formas, sus colores y sus botones: una herramienta poderosísima con la que desarrollar nuestras capacidades cognitivas, nuestro aprendizaje conceptual y el razonamiento lógico. Con razón no hay mejor día que el día de los Reyes Magos.

The Conversation

Concepción A. Monje no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

  • Categoría de la entrada:Opinión