El respeto y la educación de los parlamentarios como guardarraíl de la democracia
Reciente sesión plenaria del Congreso de los Diputados de España. Congreso.es

Pocos politólogos lo indican en sus obras con tanta claridad como el australiano John Keane: España ocupa un lugar esencial en la historia del parlamentarismo. Nos lo recuerda en su obra Democracia y sociedad civil de 1992, pero también en su apasionada Breve historia de la democracia, publicada en 2022.

Las asambleas parlamentarias que tuvieron lugar en el siglo XII en los reinos de León, Aragón, Castilla, Valencia y Cataluña inspiraron modelos de comunicación política que luego se exportarían a Portugal, Inglaterra, Irlanda, Austria, Brandenburgo, Escocia, Dinamarca, Holanda, Francia o Hungría.

Los parlamentos europeos sustituyeron a las asambleas medievales cuya función era meramente consultiva y, aunque el monarca de turno las convocara para dar difusión a determinadas informaciones, lo cierto es que fueron uno de los primeros ensayos y puestas en escena de un cuerpo deliberativo. Así lo sostengo en esta publicación.

Gobernar a través de los discursos

Quizás muchas personas no conozcan con detalle la historia de estas innovaciones institucionales en las que España ocupa un lugar destacado, pero la dignidad que reviste el Parlamento parece estar detrás del malestar político que provoca en la ciudadanía observar la pérdida del decoro en la vida parlamentaria. Después de todo, mediante la pluralidad de los discursos los parlamentarios tienen la oportunidad de ejercer una forma de gobierno a través de las ideas que apelan a la vida intelectual de la sociedad civil.

Recientemente, la presidenta del Congreso de los diputados, Meritxell Batet, ha cobrado un especial protagonismo a raíz de la escandalosa falta de autocontrol de una de las diputadas de Vox cuando esta se dirigía a la ministra de Igualdad, Irene Montero. El reglamento del Congreso parece limitar la capacidad de la presidenta para sancionar conductas de clarísima violencia verbal y, según indica la prensa periódica, Batet se ha mostrado abierta a cualquier tipo de sugerencia para abordar estos casos. Aquí se resaltan algunas ideas desde el punto de vista de la filosofía política.

El relato político

Investigaciones actuales en comunicación política y comportamiento deliberativo nos advierten del perverso efecto de las narrativas políticas transmedia pues, por sí solas y desprovistas de cualquier otro control, pueden catapultar a los protagonistas de sus tramas al éxito mediático sin que la sociedad civil pueda llevar a cabo una serena evaluación política y moral de las actuaciones en que aquellas se basen.

Según el argentino experto en teoría de la comunicación Carlos Scolari, un efecto de la expansión de las prácticas virales con que a menudo están asociadas las narrativas políticas transmedia es que estas terminan convirtiendo al ciudadano en un prosumidor, o sea, un híbrido: una especie de productor consumidor que colabora con sus aportaciones en la expansión transmedia.

Podríamos sacar conclusiones precipitadas a partir de este diagnóstico tales como que las narrativas políticas transmedia son ubicuas porque sumergen a representantes y representados en mundos narrativos y, como consecuencia de ello, su expansión es imparable y nada podemos hacer al respecto.

La importancia de las normas democráticas no escritas

La sensibilidad política de nuestra época se deja seducir en exceso por la transmedia storytelling cuando lo relevante aquí es el hecho de que el reglamento de la cámara no sea excesivamente riguroso a la hora de determinar las sanciones. Y no debería escandalizarnos. Salvando las distancias, hoy sabemos que las democracias sobreviven durante más tiempo cuando las constituciones se apuntalan con normas esenciales no escritas. Por ejemplo, en el caso de Estados Unidos, los politólogos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt han investigado dos normas clave de esta democracia durante gran parte del siglo XX:

  • La tolerancia mutua, es decir, la disposición de los partidos rivales a aceptarse como adversarios legítimos.

  • Su contención o moderación a la hora de desplegar prerrogativas institucionales.

Según los autores, respetar estas dos normas (democráticas) no escritas ayuda a ejercer un control sobre la vida partidista y, como resultado de ello, convierte a los partidos políticos en un guardarraíl de la democracia.

Quien ha leído Cómo mueren las democracias sabe que estas normas democráticas no escritas no bastan por sí solas. Para ejercer la función de guardarraíl de la democracia es necesario disponer de un conjunto de indicadores claros acerca del comportamiento político autoritario. Solo así los partidos políticos pueden anticipar el impacto del autoritarismo, evitar alianzas fatídicas y establecer los acuerdos necesarios para robustecer la función (dialéctica) de la vida parlamentaria.

Levitsky y Ziblatt rinden homenaje así al español Juan José Linz, testigo de la tragedia de la Guerra Civil. Trabajó como politólogo en la Universidad de Yale y fue él quien concibió el conjunto de indicadores rescatado en Cómo mueren las democracias. Ahora bien, cuando lo que se necesita saber no es tanto cómo evitar que muera una democracia sino cómo cultivarla, la pregunta que de inmediato nos podríamos formular es la de cómo y dónde se podrían encontrar las normas no escritas y los aprendizajes democráticos necesarios para revivirla.

Dar respuesta a esta pregunta exige elegir bien los enfoques teóricos seleccionados y dos obras publicadas en 2022 cumplen ese requisito. La primera de ellas trata de hallazgos municipalistas efectuados por la filósofa Monserrat Galcerán, que explica por qué en democracia es necesario socializar las limitaciones de la propia acción de gobierno. La segunda es una obra de antropología política fruto de la investigación de Mukulika Banerjee en torno a cómo se cultiva la democracia en la India.

Estos dos enfoques pueden no solo revitalizar la democracia sino informar acerca de las normas (democráticas) no escritas que resultan clave para que los partidos políticos estén en disposición de funcionar como guardarraíl de la democracia.

The Conversation

María G. Navarro does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

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