¿Es una falacia el ideal de transparencia?

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En su novela Hombres como dioses (1924), el novelista H.G. Wells, precursor de la ciencia ficción, cuenta cómo un grupo de personas viaja en el tiempo hacia una sociedad mucho más avanzada tecnológica y culturalmente llamada Utopía.

Los habitantes de Utopía han dejado atrás las convulsiones políticas y sociales, las guerras, la desigualdad y el egoísmo excluyente, típicos de cualquier comunidad humana. La razón por la que esta es una sociedad tan pacífica es que sus habitantes han desarrollado su capacidad de comunicación y sus habilidades interpersonales hasta tal punto que son capaces de entenderse sin hablar.

En un pasaje de la novela particularmente entretenido, los nativos intentan explicar telepáticamente su historia y sus costumbres a los forasteros. Pero muchos de ellos no son capaces de oír lo que les cuentan y algunos solo perciben un completo silencio.

Uno de los pocos que logra captar el mensaje es el personaje del señor Barnstaple y la razón es simple: es capaz de conectar inconscientemente sus experiencias y conocimientos con los de sus anfitriones.

¿Un don deseado?

Imagínese que contara con ese poderoso don y fuera capaz de leer el pensamiento de los otros con solo mirarles. Aunque pueda sonar inquietante, habría personas dispuestas a pagar por tener esa capacidad. Por ejemplo, los que quisieran enriquecerse usando información privilegiada, conocida de antemano solo con ver la cara de sus socios o competidores. O los cónyuges celosos, que quieren saber lo que pasa por las mentes de sus parejas. En este caso, es conveniente recordar a Otelo. Bastantes problemas tienen los celosos con sus suspicacias para encenderlas con más dudas. Mejor no acrecentarlas con información adicional.

Estará de acuerdo en que una sociedad en la que se pudiera advertir instantáneamente lo que piensan los demás sería indeseable, incluso invivible. Solo en una quimérica y celestial sociedad de almas puras cabría soportar una transparencia automática e incontestada, y es oportuno plantearse si sería atractivo residir en ese escenario, o más bien tedioso y aburrido.

Volviendo a la Utopía de Wells, es imaginable que la telepatía allí se producía con el consentimiento de los participantes, no de manera automática.

Privacidad y transparencia

De forma análoga, la transparencia total, el striptease indeseado de nuestros pensamientos, deseos e imaginaciones, vulnera el legítimo derecho a la privacidad personal, incluso con las personas más próximas, incluidos los cónyuges.

Siempre me ha encandilado el centro de Amsterdam, sus apacibles canales, su arquitectura equilibrada, el encanto de las bicicletas, el pulso jovial de la ciudad. Una de las características que más atrae mi atención son las amplias ventanas en sus fachadas, sin cortinas, que dan acceso visual a las estancias interiores y a lo que en ellas sucede.

Un paseante curioso podría percatarse de lo que transcurre en una casa, como si estuviera contemplando una película. Cuando pregunté el origen de esos amplios vanos sin cortinaje me explicaron que reflejaban la influencia puritana, el ideal de transparencia, la creencia de que dentro de una casa, en la intimidad del hogar, no hay nada que ocultar, ni necesidad de pantallas. La malicia no reside en el que actúa abiertamente, sin tapaderas, sino en el que mira con segundas intenciones.

Con el tiempo, también confirmé que la razón de esas anchas ventanas sin cortinaje era, fundamentalmente, proveer de más luminosidad al interior, dada la escasez de luz solar durante el día. Por el contrario, en latitudes mediterráneas, donde hay abundancia de claridad, las ventanas se visten de visillos, fraileros o esteras para contener la refulgencia.

Subconsciente y transparencia

La transparencia, la desnudez física o intelectual, no es una actitud instintiva. Al vivir en sociedad nos adiestramos para vestirnos, refrenar los excesos corporales, cuidar nuestro lenguaje y tratar a los demás con cortesía.

Entendemos estas pautas de conducta no como restricciones de una supuesta libertad natural, sino más bien como contención de la espontaneidad silvestre, que consideramos maleducada. Por eso la idea de transparencia mental o verbal en la conducta individual transgrede la civilidad más esencial, algo que se manifiesta en evitar decir lo primero que se nos pasa por la cabeza, especialmente cuando queremos proyectar una buena imagen.

Incluso desde una perspectiva psicológica, cabría cuestionar la posibilidad de actuar consistentemente de forma transparente. Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, explicaba que gran parte de nuestras decisiones están determinadas por deseos de los que no tenemos plena consciencia, ni advertencia completa. Freud consideraba al subconsciente como el origen de muchos de esos deseos que, por ejemplo, se revelan de forma más desenvuelta en los sueños.

Aunque muchas de las propuestas del psicoanálisis han sido revisadas por la psicología posterior, el concepto de subconsciente sigue teniendo aceptación y cuestiona la posibilidad de que la mayoría de los mortales, incluso aunque se lo propongan, sean capaces de desentrañar y compartir verazmente lo que sienten en el fondo de sus corazones.

Transparencia, banalización de la comunicación

Lo cierto es que vivimos en una época en la que la transparencia se ha elevado a ideal de conducta personal e institucional, especialmente en el entorno de las redes sociales. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han publicó hace pocos años un libro en el que ofrece argumentos convincentes de por qué el ideal de transparencia es falaz y su defensa desaconsejable. En su opinión, “la transparencia es una coacción sistémica que se apodera de todos los sucesos sociales y los somete a un profundo cambio”. Se trataría de un fenómeno que, lejos de favorecer las relaciones interpersonales, las banaliza y dificulta. En su opinión, es precisamente la falta de transparencia lo que facilita que perdure una relación.

Además, explica que “transparencia y verdad no son idénticas (…) Más información o una acumulación de información por sí sola no es ninguna verdad. Le falta la dirección, a saber, el sentido. Precisamente porque falta la negatividad de lo verdadero, lo positivo pulula y se masifica. La hiperinformación y la hipercomunicación dan testimonio de la falta de verdad, e incluso de la falta de ser. Más información, más comunicación, no elimina la fundamental imprecisión del todo. Más bien la agrava.”

Privacidad y transparencia

Frente a la reivindicación sobre la transparencia de la personas, cabe esgrimir el derecho a la privacidad, inicialmente invocado por dos eminentes juristas norteamericanos, Louis Brandeis y Felix Frankfurter, en los albores de la prensa escrita para defender la intimidad, el derecho a reservarse y a manejar la información sobre uno mismo. En la actualidad, en plena vida híbrida entre lo físico y lo digital, el derecho a la privacidad ha cobrado mucho más sentido y relevancia.

Por citar, solo tres piezas de información que dan que pensar:

  1. El 75 % de las empresas consultan información personal en internet para sus procesos de selección, y en un 70 % de los casos rechazan a sus candidatos basados en esos datos.

  2. El procesamiento de los metadatos disponibles en los perfiles de las redes sociales y el análisis del comportamiento percibido de los usuarios (por ejemplo a través de las búsquedas realizadas) proporcionan información individual sobre cuestiones como la orientación sexual, las opiniones religiosas o políticas, la raza, la inteligencia y otros aspectos de la personalidad.

  3. Por último, una cuestión más preocupante: las cifras crecientes de ciberacoso a niños y adolescentes.

Transparencia empresarial

También en el ámbito empresarial ha cundido la demanda de transparencia, que se traduce en la exigencia de conocer el desempeño, la información financiera y otros datos referidos a la retribución, las actas de reuniones, la toma de decisiones e incluso los planes de futuro.

La obsesión por llevar luz y taquígrafos a la actividad de las empresas privadas, a veces incluso con exigencias superiores a las que cumplen los organismos públicos, constriñe la innovación e incluso suscita dudas sobre la posible contravención del derecho a la libertad de empresa consagrado en la mayoría de las constituciones democráticas.

Hay una razón consustancial a la naturaleza de la propia actividad empresarial que choca con el paradigma de transparencia. Se suele explicar que el entorno en el que operan las empresas es deliberadamente competitivo, una circunstancia que fomenta el propio Estado mediante la legislación y los órganos específicos que promueven la sana rivalidad. El objetivo es evitar la colusión, la concentración empresarial indeseada y otros efectos perjudiciales para consumidores, trabajadores, accionistas y el resto de la sociedad.

No obstante, la competencia conlleva una actitud estratégica en las empresas que hace que el manejo de la información y de la comunicación sea una facultad discrecional de los agentes empresariales. Esto, lógicamente, dentro del respeto a la legalidad. Por ejemplo, sería absurdo exigirles que compartieran la información sobre qué productos o servicios planean lanzar al mercado en el mismo momento de tomar la decisión, poniendo así sobre aviso a sus rivales, o que publicaran los planes de promoción de sus directivos para los próximos cinco años.

¿Transparencia o secretos?

Por otra parte, en el ámbito gubernamental se necesita de secretos de Estado, accesibles solo a un número reducido de personas que quedan sujetas, además, al deber de sigilo profesional. La reivindicación de completa transparencia en todos los asuntos de Estado es pueril, e incluso peligrosa, porque pone innecesariamente en riesgo a las instituciones y a la misma convivencia social. Obviamente, el mantenimiento de los secretos de Estado no excluye la saludable actividad de los medios de comunicación rigurosos que, con su actividad de investigación, pueden destapar abusos en el ejercicio de estas potestades.

El general Charles de Gaulle, padre de la V República Francesa, dijo en una ocasión: “La esencia del prestigio es el misterio”. No puedo estar más de acuerdo. La transparencia total decepciona y banaliza a las personas. Las sombras, oscuridades y ángulos proporcionan profundidad y belleza y, además, atraen nuestra atención e interés.


Una versión de este artículo fue publicada originalmente en LinkedIn.


The Conversation

Santiago Iñiguez de Onzoño no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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