La mejor película sobre la situación actual entre Israel y Gaza se estrenó hace 18 años
Película Munich (Universal/Everett Collection)
Escena de la película Munich (Universal/Everett Collection)

Lo mío es ver películas: durante décadas como crítica de cine y durante todavía más, antes y después, como un ser humano común y corriente. Como crítica, me capacité para estudiar e interpretar con frialdad el lenguaje de los cineastas. Fuera del trabajo, veo cine para entretenerme o para quedar atónita, para reconfortarme o evadirme, para desafiarme o intentar comprender mejor el mundo, a través del filtro artístico de otra persona. A veces este hábito me ha ayudado a sentirme bien preparada para afrontar lo que sucede en el mundo, a veces no tanto.

Desde el 7 de octubre, me he sentido poco preparada. Esa fecha se ha vuelto el recordatorio de una monstruosidad perpetrada contra los israelíes… y, en los meses siguientes, Israel ha tomado represalias matando palestinos, incluidos innumerables niños, en cantidades más terribles de lo que el corazón puede soportar. En estos últimos meses, la desesperanza se ha colgado bajo el marco de mi puerta junto a mi mezuzá y ver películas me ha dado poco consuelo. De todas maneras, las veo.

Este año ha habido varias películas memorables que hablan de atrocidades y tragedias históricas. Por ejemplo, “Oppenheimer” expresa de manera asombrosa nuestra capacidad humana para hacer estallar el planeta. En “Zona de interés”, sobre la vida del comandante de un campo de concentración y su esposa que viven al lado de Auschwitz, es imposible ignorar la enfermedad que Hannah Arendt identificó como la banalidad del mal.

Sin embargo, mientras busco comprender mejor el momento actual en el Medio Oriente, la mejor película que he encontrado es una que se estrenó el 23 de diciembre de 2005. Me refiero a “Munich”, uno de los dramas más sombríos y adultos de Steven Spielberg, que —a pesar de sus cinco nominaciones al Oscar— en esencia fue considerada un fracaso cuando se estrenó. No obstante, en la actualidad, “Munich” resuena con un significado y una gravedad profundos. Volver a ver la película en este momento nos recuerda que el arte a veces puede punzar la conciencia donde horas de comentarios políticos tan solo logran atenuarla y que las películas basadas en hechos históricos nunca son solo sobre el periodo en el que se ambienta la historia, ni siquiera sobre la época en la que se realizó la obra. Las películas mutan y cambian de manera constante y ofrecen nuevos consuelos y perspectivas en relación con la época en que las vemos.

La ciudad cuyo nombre le da título a la película es el recordatorio de otra monstruosidad: un atentado perpetrado por terroristas palestinos que causó la muerte de once atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de 1972. La película, la adaptación de un libro de no ficción de 1984, “Venganza”, de George Jonas, sigue a un equipo contraterrorista israelí que se creó para rastrear y asesinar a los individuos implicados en los asesinatos de los atletas.

Recuerdo esos acontecimientos: en 1972, era una hija diligente de los suburbios judíos de Nueva York, formada en la escuela hebrea y preparándome para el comienzo del semestre de otoño. Recuerdo haber oído las palabras inquietantes del locutor deportivo de la ABC Jim McKay en vivo por televisión: “Murieron todos”. Asistí a una vigilia en el campus. Recité el kadish de memoria.

Cuando se estrenó la versión cinematográfica, la elogié, junto con muchos otros críticos de la época. La acción es magistral, típica de Spielberg, y el reparto también es característico de Hollywood, con todos esos famosos gentiles guapos que interpretan a judíos —incluido el actor australiano Eric Bana como el agente principal, nombre clave Avner— y con Ciaran Hinds y un Daniel Craig antes de convertirse en James Bond como agentes del Mossad. El guion se les atribuye a Eric Roth y al eminente dramaturgo Tony Kushner, ganador de los premios Pulitzer y Tony. Fue el primer guion de Kushner para Spielberg y el comienzo de una colaboración con el director que continúa hasta la fecha. El resultado: durante las pausas entre las pulcras secuencias de acción, los rudos agentes reflexionan con elocuencia kushneriana sobre los estragos que está produciendo en sus almas este ciclo históricamente arraigado de violencia y venganza.

En la escena más resonante de la película —un clímax de tensión y comedia negra manejado con un control espléndido—, Avner y su equipo caen en cuenta que comparten por accidente una casa segura con sus enemigos palestinos, a quienes lidera un hombre llamado Ali. En la tranquilidad de un cese al fuego nocturno, los dos hombres comparten un intercambio tan escalofriante como relevante para la actualidad:

-Avner: Ustedes no tienen con qué negociar. Nunca recuperarán la tierra. Morirán todos viejos en campos de refugiados, esperando a Palestina.

-Ali: Tenemos muchos hijos. Ellos tendrán hijos. Así que podemos esperar para siempre. Y, si es necesario, podemos hacer que todo el planeta sea inseguro para los judíos.

-Avner: Matan judíos y el mundo se siente mal por ellos y a ustedes los considera animales.

-Ali: Sí. Pero entonces el mundo verá cómo nos han convertido en animales.

En esta breve conversación, estos enemigos jurados encapsulan casi todo lo esencial que hemos dicho sobre este conflicto, todo lo que podríamos decir y ver ahora y todo lo que podríamos decir y ver para siempre si no encontramos que el mundo avance de otra manera.

Los críticos más descontentos con la película en su momento fueron los columnistas y comentaristas políticos, quienes criticaron todo, desde la sugerencia de que los agentes de élite del Mossad tendrían dudas con sus obligaciones hasta la implicación de una equivalencia moral entre los objetivos de los terroristas palestinos y los vengadores israelíes. Los espectadores de mentalidad más abierta fueron (me enorgullece decirlo) críticos de cine, quienes se esforzaron por describir la potencia estremecedora con la que la película abordaba la ambigüedad moral en el contexto de una vertiginosa producción típica de Spielberg.

A “Munich” le fue mal en taquilla, en especial para los estándares de una película de Spielberg, pero ¿qué esperaban los analistas de las cifras? Se estrenó en los años angustiantes y agitados de la guerra de George W. Bush contra el terrorismo, cuando para Estados Unidos tan solo habían pasado poco más de cuatro crudos años desde los atentados del 11 de Septiembre y era una película que ofrecía tiempo en los medios a los puntos de vista de los terroristas. En aquel entonces, a Kushner lo atacaron por supuestas simpatías hacia Palestina. Al reflexionar sobre la reacción que provocó la película, mencionó que los críticos de cine ayudaron a salvar la cinta al dirigir la conversación, una y otra vez, hacia el valor del arte.

Siempre reconocí el valor del arte en “Munich”. Sin embargo, cuando vuelvo a ver la película ahora, no busco certeza; no creo que la haya. Tampoco busco esperanza. Si la hay, todavía no la he encontrado, ni en la pantalla de cine ni en los titulares ni en boca de los comentaristas. Lo que busco —lo que creo que muchos de nosotros buscamos— es una disposición al entendimiento y una comprensión del dolor de vivir con la grisura moral que puede ofrecer el mejor arte. Y eso lo encuentro ahora en “Munich”.

Ya no tengo palabras de crítica de cine para describir los efectos inquietantes de la película. Sin embargo, hay un momento al final que en esa época se consideró —ay, no lo sé— posiblemente de mal gusto y sin duda impactante. Avner, aunque completó con éxito su misión de venganza, todavía no se recupera de los estragos que le ha dejado en el alma su encargo magnicida. Ahora vive en Brooklyn con su esposa y su hijo y se reúne con su contacto en el Mossad, Ephraim, interpretado por Geoffrey Rush, en un tramo de la zona costera de Queens. Los dos hombres hablan. A pesar de sus diferencias sobre el lugar que ocupa Israel en sus corazones, Avner invita a Ephraim, un judío, a cenar en su casa. Ephraim rechaza la invitación. Mientras Avner se aleja caminando, la cámara recorre de manera realista la silueta de la ciudad, donde todavía se alzan las torres gemelas del World Trade Center.

En 2005, con el recuerdo del 11 de Septiembre todavía muy presente y justo un año después de que se hicieran públicas las imágenes del abuso hacia los prisioneros en la cárcel iraquí de Abu Ghraib, la imagen cortó como un cuchillo de dolor. El mensaje era imperdible: la violencia engendra venganza, la venganza engendra violencia y el camino hacia una mayor tragedia se extiende hacia el horizonte. Ese camino conduce hasta este momento: rehenes israelíes que siguen en peligro de muerte y miles incontables de palestinos muertos.

A primera vista, el final de “Munich” con el vistazo hacia un horizonte que ya no existía reabrió una herida abierta. Ese era su objetivo. Y sigue siéndolo.

Así que la vuelvo a ver. Y recito el kadish de memoria.

© The New York Times 2023

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