La popular (y no académica) filosofía del flamenco
Un grupo de flamenco baila para los turistas en el mirador de San Nicolás a la Alhambra de Granada el 23 de junio de 2017. SkandaRamana/Shutterstock

¿Es la filosofía meramente una disciplina académica? ¿Acaso solo una ocupación de personas con estudios superiores? ¿Existe filosofía más allá de los muros de la universidad? Estas cuestiones, en último término, apuntan a una pregunta mucho más fundamental: ¿qué es la filosofía?

Se preguntaba la filósofa María Zambrano a mediados del siglo pasado en Hacia un saber sobre el alma:

“Todavía resulta vigente el considerar la filosofía en su forma pura y sistemática. Mas ¿es esta forma la única en que se ha vertido la filosofía? ¿Es posible seguir identificando, sin más, la filosofía con su forma sistemática?”.




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Partiendo de la hipótesis zambraniana de la existencia de una razón poética –es decir, modos de razón distintos de la lógica, como, por el ejemplo, la poesía (el arte en general), eliminada como método posible de racionalidad por (y desde) Platón–, la investigación filosófica en torno al arte flamenco demuestra, además de la propia razón poética postulada por María Zambrano, la existencia de formas de filosofía que pueden ser consideradas “no académicas”.

Así ocurre con la filosofía popular revelada a través de este arte de origen andaluz caracterizado, entre otras muchas cosas, por su complejidad, su marcado eclecticismo, la pasión, el carácter popular y la profundidad (jondura). La filosofía popular expresada a través del flamenco es distinta en métodos, pero similar en intereses, preocupaciones y temas, a la filosofía académica.

Hay vida más allá de la ciencia

Resulta interesante señalar algunos de los temas filosóficos fundamentales expresados en el jondismo, como puede ser denominado el conjunto de ideas filosóficas manifestadas mediante el flamenco (cante, toque, baile, lírica, estética, etc.).

Existe una letra clásica por soleá que dice:

“Presumes que eres la ciencia

y yo no lo creo así

porque siendo tú la ciencia

no me has comprendío a mí”.

Se trata de una fuerte crítica al cientificismo que se repite en decenas de letras en las que se exteriorizan ideas como la recogida en Historia como sistema, de Ortega y Gasset, según la cual la razón lógico-matemática no puede dar cuenta del ser humano en su totalidad. Hay experiencias de la vida que no pueden ser aprendidas teóricamente, ni están en los libros.

Como ese cante que dice:

“Los siete sabios de Grecia

no saben lo que yo sé,

que las fatigas y el tiempo

me lo han hecho comprender”.

Del mismo modo, antropológicamente, en el flamenco se apela a la tierra y la materia, al valor insustituible de la madre, la importancia del individuo y lo que le hace único, o la angustia consustancial al ser humano (¿quién no conoce el arquetípico y onomatopéyico ayeo –el “ay, ay, ay”– del cante jondo?), y que, frente al drama de la existencia, postula la alegría como respuesta.

Encontramos ejemplos de todo esto en muchas letras del cante, como:

“No hay besos que sean más dulces

que los besos de una mare.

Desde que murió la mía

nadie ha sabido besarme

como mi mare lo hacía”.

O en esta otra:

“Las penas de los gitanos

se convierten en alegrías

si se ‘estiñelan gayibando’ [si se están cantando]”.

Pese a lo que se pudiera creer, no solo se exterioriza la filosofía popular en el flamenco a través de la lírica. La apelación terrestre, por ejemplo, la podemos observar en el baile: el golpe en el suelo, la fuerza descendente de la danza que percute en el piso con fuerza, como llamando a lo profundo, frente a otras danzas que tienden a la levedad.

Cuestiones filosóficas universales

Son cuatro son los grandes temas de la metafísica jondista: el amor, la muerte, el tiempo y la cotidianeidad, cuestiones relevantes en la filosofía universal y centrales igualmente en el universo del flamenco.

La teología jonda, por otro lado, tiene una raíz fundamentalmente católica, pero basada en la religiosidad popular andaluza. En ella se aprecian similitudes con el estoicismo, especialmente de Séneca, quien defendía ideas fatalistas (la creencia en el destino, fatum) o el panteísmo (es decir, la convicción de que Dios y la Naturaleza son la misma cosa). Así lo afirma en su obra De los beneficios, donde dice: “No hay Naturaleza sin Dios, ni Dios sin Naturaleza; ambos dos son uno. […] llámale Naturaleza, hado, fortuna; todos son nombres de un mismo Dios”. En la teología jondista también se perciben trazas de politeísmo, misticismo y blasfemia.

Flamenco en la calle en Granada.
Flamenco en la calle en Granada.
Érik Trigos/Flickr, CC BY-NC-ND

En lo concerniente a la estética, la filosofía occidental se ha movido en la dualidad entre lo bello y lo sublime (aquello que excede la belleza, que produce un sentimiento de elevación más allá de lo racional).

El flamenco rompe esta división y aporta la categoría de lo jondo, que guarda enormes similitudes con la concepción nietzscheana del arte dionisíaco. Nietzsche divide el arte en apolíneo y dionisíaco: el arte apolíneo –arte del escultor–, corresponde con las categorías de lo bello, y que refiere a la apariencia, y de lo sublime, que apunta a lo verosímil o apariencia de verdad. Por su parte, el arte dionisíaco –arte de la música–, oscuro, pasional, de la embriaguez, apela a la verdad. Según afirma el filósofo alemán, lo dionisíaco es como lo sublime pero más profundo; esto es, más jondo.

Igualmente, la ética expresa en el flamenco se basa fundamentalmente en refranes y proverbios que transmiten formas de sabiduría antigua. Además, respecto a la filosofía política expone la importancia de la rebeldía. Esto se puede observar, por ejemplo, en la forma singular de interpretar el compás, que no solo se caracteriza por su complejidad musical, sino por su enorme libertad a la hora de interpretarlo, tanto que, sin salirse de él (esto es, sin ir atravesao), es capaz de modificarlo y rebelarse ante los cánones rítmicos.

Pero, pese a esta rebeldía, muestra una evidente ausencia de llamada a la militancia, una clara noluntad (ausencia de voluntad) transformadora, de cambiar la realidad. De modo que, siguiendo la undécima Tesis sobre Feuerbach de Marx –que dice: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”–, esta característica muestra claramente la condición filosófica del arte jondo.

El ser humano como homo philosophicus

Como puede apreciarse, muchos de los temas filosóficos expresados a través del flamenco guardan grandes similitudes con las preocupaciones fundamentales de la historia de la filosofía. Da fe de ello el estudio comparado que he realizado en mi investigación. Y todo a pesar de que quienes expresan estas concepciones filosóficas no académicas no solo no tienen formación específica en filosofía sino que, a lo largo de la historia, en la mayoría de los casos, ni siquiera sabían leer ni escribir.

Cabe preguntarse si se puede afirmar entonces que están filosofando si no son conscientes de hacerlo ni saben qué es la filosofía.

Para responder a esto, pongamos un ejemplo: un grupo de amigos se junta para jugar al fútbol los sábados por la mañana. Esas personas pueden practicar balompié, con mayor o menor destreza, sin necesidad de conocimientos técnicos, tácticos, físicos, etc., y sin que ello signifique que ninguna sea Jesús Navas u Olga Carmona.

Justo ahí se halla la clave. Aunque haya grandes filósofos profesionales, cultivados y entrenados para la filosofía, que la vayan a ejercer con más rigor y método, esto no impide que el resto de seres humanos aborden la reflexión filosófica.

Afirma Aristóteles en la primera frase de Metafísica que, “por naturaleza, todos los seres humanos desean conocer”. La cita atestigua que la aspiración por saber marca también nuestra esencia. No podemos no filosofar. O lo que es igual, la filosofía es consustancial al ser humano. Por ello, más que meramente un animal racional (homo sapiens) podemos ser considerados fundamentalmente animales filosóficos (homo philosophicus).

Otros ejemplos de filosofía no académica

Existen otros estudios anteriores al respecto de la existencia de filosofía no académica, como la filosofía bantú (africana) analizada por Placide Tempels, o la filosofía andina (americana) estudiada por Josef Estermann.

Este todavía es un campo de investigación en proceso. A pesar de ello tiene, como se puede apreciar, un enorme potencial todavía por desarrollar en todo su esplendor.

En todo caso, quisiera finalizar este artículo con el juguetillo por Alegrías que compuse para concluir mi tesis doctoral, y que dice:

“Filosofía

es lo que canta

la tierra mía.

Filosofía

es lo que canta,

es lo que toca,

es lo que baila

la tierra mía”.

The Conversation

Nolo Ruiz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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