Laboratorios contra la democracia

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El informe sobre el estado de la democracia liberal de 2022 elaborado por el Instituto de investigación V-Dem de la Universidad de Gothenburg constata la existencia de un claro declive global en el apoyo a este sistema de gobierno que baja a los niveles de 1989.

Más del setenta por cierto de la población mundial vive bajo dictaduras y, aunque nos parezca mentira, lejos de aumentar, la movilización democrática y popular se mantiene en niveles bajos.

Seis de los veintisiete estados miembros de la Unión Europea están inmersos en procesos de autocratización. Existe además un ascenso en el apoyo popular a modelos autocráticos, la polarización ha aumentado vertiginosamente en los últimos diez años y algunos especialistas se preguntan si los líderes autocráticos no están siendo acaso más audaces para transmitir (mensajes de) legitimidad política.

En los últimos años, escribir contra la democracia se ha convertido en una actividad académica que suscita un gran seguimiento. Los laboratorios contra la democracia se articulan gracias a una extensa red de productores y consumidores. La sofisticada urdimbre o entretrama, como diría la pensadora mexicana y especialista en etnología Marcela Lagarde , incluye líneas de investigación, libros publicados por editoriales comerciales de gran prestigio, seminarios internacionales, best sellers, redes sociales y contenidos multimedia creados por periódicos y revistas.

El fenómeno de desintermediación política al que se refería recientemente el politólogo español Ignacio Sánchez-Cuenca parece ser producto de algo más que un complejo sentimiento de desconfianza, o sus difusas tramas, en sociedades en las que el debate político se libra a través de redes sociales.

Podemos encontrar orientación en la filósofa Nancy Fraser quien sostiene que para centrarnos en la política de interpretación de las necesidades de la ciudadanía en las sociedades del Estado del bienestar es necesario pergeñar un modelo de discurso social que nos sirva como herramienta de análisis. Y, por cierto, esta no es una herramienta cuyo acceso sea exclusivo de demócratas: es una herramienta utilizada por líderes y lideresas no democráticos que se imponen como legítimos.

Recursos discursivos

El modelo de discurso social de Fraser captura lo que ella denomina “medios de interpretación y comunicación socioculturales”. Dichos medios engloban lo que el filósofo español Quintín Racionero denominó las tres grandes aproximaciones o perspectivas de naturalización de la racionalidad.

La primera de ellas la identificó con el estudio de la construcción e intercambio sociales del sentido (Pragmática); la segunda la relacionó con el análisis de los enfoques sistémicos que, haciendo uso de signos, producen discursos diferenciados (Semiología); e identificó la tercera perspectiva con la Hermenéutica, entendida como la interpretación de los mensajes de acuerdo con los archivos generados por la memoria histórica.

Los recursos discursivos de los que disponemos como ciudadanos incluyen:

  1. lenguajes y vocabularios oficialmente reconocidos y adecuados para presentar reivindicaciones;

  2. paradigmas de argumentación aceptados para arbitrar reivindicaciones contradictorias;

  3. convenciones narrativas para construir relatos individuales y colectivos, y modos de subjetivación.

Fraser parece haber dejado claro que los medios de interpretación y comunicación socioculturales están también estratificados y organizados de manera congruente con la existencia de patrones sociales de dominación y subordinación.

Argumentos Contra la democracia

Teniendo esto presente, analicemos cómo se construyen o, al menos, a qué se refieren algunos de los argumentos esgrimidos por Jason Brennan en su libro Contra la democracia, un superventas traducido a más de diez idiomas.

Brennan sostiene que la participación política corrompe intelectual y moralmente y que las libertades políticas no tienen demasiado valor instrumental o intrínseco. La política sería perjudicial para la mayoría de nosotros, según Brennan, quien no duda en afirmar que “cada vez se debería permitir participar a menos de nosotros.”

El autor asocia sus argumentos a la presunta evidencia obtenida a partir de investigaciones realizadas por especialistas como Ilya Somin, Larry Bartels, John Ferejohn o informes elaborados en Pew Research Center que vendrían a corroborar la ignorancia política del votante estadounidense, su escasez de información sobre asuntos que han formado parte de una controversia política entre las élites durante importantes periodos de tiempo, cuando no su tendencia a ser “racionalmente irracional”.

El empleo que hace el filósofo de estos resultados, su alineación con argumentos dirigidos a describir la ausencia de creencias políticas significativas de los ciudadanos y su propósito último de defender modelos epistocráticos de sociedad constituyen un verdadero laboratorio (discursivo) contra la democracia.

Por motivos de salud democrática resulta urgente contraargumentar a Brennan y sus adalides teniendo a la vista los resultados de investigación obtenidos por la filósofa estadounidense Kristie Dotson en el área de la epistemología de la ignorancia y, en particular, en torno al fenómeno de la opresión epistémica.

Resulta desconcertante que haya autores que, al hablar de la democracia en América, crean poder hacerlo sin mencionar una sola palabra sobre la XIII enmienda a la Constitución de EE. UU. y la evolución de las libertades políticas tal y como nos urge a hacer Angela Y. Davis, clásico del pensamiento político. ¿Por qué pueden tener éxito obras como Contra la democracia? Porque forman parte de un intrincado laboratorio global contra la democracia.

The Conversation

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