Los pros y los contras de Donald Trump en su tercer asalto a la Casa Blanca

Redacción

Puede estar aparentemente debilitado tras las elecciones de medio mandato en las que han sido derrotados algunos de los candidatos más extremistas que había apoyado. Muchos, incluyendo dentro de su formación y en medios de comunicación que durante años han sido su respaldo y altavoz, le han tildado como “el gran perdedor” e incluso lo han definido como “un lastre”. Donald Trump, no obstante, sigue siendo a día de hoy el líder indiscutible del Partido Republicano de Estados Unidos, el “rey” según la descripción del antiguo congresista Joe Walsh. Y se dispone a lanzar su tercer asalto a la Casa Blanca, tras el triunfal de 2016 y la derrota en 2020 frente a Joe Biden que sigue sin reconocer.

En esa candidatura en busca de la nominación presidencial republicana, que Trump se disponía a lanzar este martes por la noche desde un salón de su club privado de Mar-a-Lago, en Florida, hay elementos que juegan a favor y en contra del antiguo mandatario.

Las bases

Es imposible determinar exactamente qué número de republicanos son incondicionales de Trump pero estimaciones de estrategas y analistas del propio partido calculan que incluye a entre el 30 y el 40% de sus votantes. Esas bases inamovibles en su lealtad defienden los logros que tuvo Trump en el Despacho Oval, especialmente la consolidación de la mayoría conservadora en el Tribunal Supremo. 

Muchos (66% según encuestas a pie de urna de AP tras las ‘midterms’) siguen abrazando y apoyando el movimiento MAGA, las siglas en inglés de Hacer América Grande de Nuevo, que se ha mantenido vigoroso alrededor de la idea de no aceptar los resultados de 2020. E incluso gente que expresa dudas sobre la conveniencia de que Trump vuelva a presentarse también avanza que, si lo hace, le votarán.

En una encuesta reciente de NBC el 30% de republicanos decían que le apoyan más que al partido, un porcentaje que ha caído respecto al 50% que tenía en los dos últimos años de su presidencia pero que sigue siendo considerable. Y esa es una de las principales armas para Trump, que bien podría volver a las bases contra el Partido Republicano si este se vuelve contra él, algo que la formación no puede permitirse si pretende ganar unas presidenciales.

Las ‘midterms’

Desde que las urnas cerraron el pasado martes y se empezó a comprobar que los resultados de las ‘midterms’ habían sido mucho mejor para los demócratas y para el presidente Biden de lo que se había anticipado empezaron a escucharse voces dentro del Partido Republicano y en influyentes medios conservadores como FoxNews, ‘The New York Post’ y ‘The Wall Street Journal’ que se atrevían a señalar a Trump como responsable, parcial o total.

Se le ha responsabilizado especialmente por apoyar candidatos extremistas y negacionistas electorales que una mayoría de estadounidenses ha rechazado con sus votos, con independientes y moderados lanzando también un mensaje contundente de hartazgo con tácticas y estrategias que asoman al abismo la integridad del sistema electoral y democrático. Trump, eso sí, no acepta responsabilidad alguna y culpa desde a los propios candidatos hasta a la distribución de fondos organizada por figuras como el líder republicano del Senado Mitch McConnell.

Un partido cobarde

Hay quien ve o quiere ver en las críticas de los últimos días, muy públicas, un giro, pero los precedentes llaman a la cautela. Trump también fue cuestionado cuando antes de las elecciones de 2016 salió a la luz la grabación de sus comentarios sexistas hablando de “coger a las mujeres por el coño”, pero nada cambió. Y las críticas tras el asalto al Capitolio tardaron solo unas horas en perderse bajo el voto de 139 representantes y ocho senadores republicanos a favor de revertir los resultados legítimos de las presidenciales. Hubo dimisiones en su administración y denuncias pero el ‘segundo impeachment’ también fracasó por la falta de suficientes votos republicanos y la gran mayoría de congresistas críticos, como Liz Cheney, han sido expurgados.

Trump sigue teniendo fuertes aliados en el partido tanto a nivel local y estatal como en el aparato, incluyendo en el Comité Nacional Republicano. Y mantiene también la influencia en Capitol Hill, como muestra el creciente peso de los congresistas radicales del Freedom Caucus y otros conspiranoicos en la Cámara Baja.

Ya antes de lanzar su “gran anuncio” el expresidente había conseguido el respaldo a la candidatura de congresistas como Elise Stefanik. Otros, como John Cornyn, han sido menos directos pero el senador de Texas ha dicho que aunque no espera que Trump salga nominado, si lo logra le dará su apoyo.

Las investigaciones

Trump ha llegado a este tercer asalto en el punto de mira de varias investigaciones y procesos judiciales. Enfrenta un caso civil en Nueva York por sus prácticas empresariales; en el estado de Georgia se investigan sus intentos de interferencia en las presidenciales del 2020, un Comité especial del Congreso estudia su papel en el asalto al Capitolio y lo ha citado y el Departamento de Justicia investiga tanto lo que rodeó a esa insurrección como el manejo irregular de documentos oficiales y clasificados que Trump hizo al dejar la Casa Blanca.

Ese cerco legal podría parecer un lastre pero Trump está convencido de que la candidatura puede ayudarle, precisamente, a evitar que se estreche. Para la Administración Biden sería políticamente muy complicada la imagen de imputar a un candidato de la oposición. Trump podría, además, aprovechar cualquier paso de Justicia para profundizar en sus denuncias de que se trata de una persecución política. Su desventaja con la candidatura es que como aspirante tendrá restricciones en el uso de fondos recaudados. Y aunque sigue siendo una máquina en ese terreno, sumando 130 millones de dólares desde que dejó la Casa Blanca, tendrá mucho más difícil seguir usando parte de ese dinero para sufragar costes legales. Tampoco podrá usar lo recaudado hasta ahora a través de comités de acción política para la campaña presidencial.

El propio Trump

El principal arma de Trump puede ser el propio Trump. Es volátil e impredecible y, en palabras de Mo Brooks, un senador que fue su firme aliado y ahora se le ha vuelto en contra, “deshonesto, desleal, incompetente mal educado y otras muchas cosas que alienan a muchos independientes y republicanos”. Pero es también carismático. Sigue comandando una atención mediática sin parangón. Y aunque después de las ‘midterms’ se ha reforzado la figura y el estatus del que podría ser su potencial y principal rival, el reelegido gobernador de Florida Ron DeSantis, muchos advierten en contra de la narrativa que coloca a DeSantis como el futuro seguro.

Tara Setmeyer, una asesora del grupo anti Trump Lincoln Project, recordaba estos días que “DeSantis no se ha probado a nivel nacional” y lo definía como “un tigre de papel” que “no tiene talento político, carisma o la dureza para aguantar lo que le viene del universo Trump”.

El excongresista Walsh advertía en la misma línea. “(Trump) Se lo va a comer vivo. De Santis es raro, tiene cero carisma y la piel muy fina”. “Todos los donantes, mentes pensantes y actores de poder republicanos durante siete años han dicho que querían librarse de Trump pero nunca lo hacen”, advertía también Walsh. “Ahora esperan que las miserables ‘midterms’ y la gran noche de DeSantis por fin acaben consiguiéndolo. Son castillos en el aire, es una gilipollez”.

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