‘Moonfall’, o por qué nos siguen fascinando las películas de catástrofes en tiempos catastróficos
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'Moonfall', o por qué nos siguen fascinando las películas de catástrofes en tiempos catastróficos

Hay un cierto sabor a ya conocido en ‘Moonfall’ -que llega esta semana a salas de cine-, a confortable sillón orejero de un género que nos sabemos de memoria, que no exige nada de nosotros – tan solo que desconectemos el sentido común- y que nos devuelve emoción y espectáculo a la enésima potencia. No podíamos esperar menos de Roland Emmerich, director de ‘Independence Day’ y que ha ido configurando el moderno blockbuster catastrófico con películas como ‘El día de mañana’ o ‘2012’.

Los códigos esenciales del género están claros desde sus mismos orígenes, allá por los setenta, con películas como ‘El coloso en llamas’, ‘Aeropuerto’ o ‘Terremoto’: protagonista coral, a menudo con la acción dividida en distintos escenarios, y set pieces de destrucción y caos que subrayan la insignificacia de los humanos ante desastres, naturales o no, de los que escapaban a base de ingenio y valor. La icónica imagen de la Casa Blanca estallando en ‘Independence Day’ dio a Emmerich carta blanca para reformular el género a base de aumentar la escala hasta la insensatez pura.

Aunque hay espacio para el drama humano (las ‘Aeropuerto’ eran, básicamente, un montón de personas variopintas sufriendo juntas en un espacio muy estrecho), el mensaje ecológico (el propio Emmerich habló sobre el cambio climático en ‘El día de mañana’) y el espectáculo puro (con toda la oleada de películas de desastres cósmicos desatadas por ‘Armaggeddon’, y cuyo eco llega hasta esta ‘Moonfall’), las películas de catástrofes llevaban un tiempo sin asomarse por los cines. Al menos no en su forma actual, porque películas como ‘Contagio’ o ‘Inmune’ lo son en cierto sentido.

Pero del cine de catástrofes clásico hacía tiempo que no sabíamos (aunque el propio Emmerich ha seguido tonteando con sus tropos en películas tan distintas como ‘Asalto al poder’ o la secuela de ‘Independence Day’). Por eso esta película tiene un agradable y reconfortante aire pasado de moda: en ella, la Luna se sale de su órbita, amenaza con estrellarse con la Tierra y un tío de astronautas rebeldes son enviados in extremis a solucionar la papeleta.

Se viene la Luna

En estos tiempos en los que la fantasía se juzga por su grado de verosimilitud y las películas de superhéroes son elogiadas por su realismo, el saludable descerebre de ‘Moonfall’ es casi balsámico. El tramo final, en el que confluye la ciencia-ficción de invasiones / revelaciones con una especie de ‘Jackass’ catastrófico, hay choques de cuerpos celestes que desafían todas las leyes de la física. Como siempre en estos casos, ‘Moonfall’ es más divertida cuanto más parece un cuento improvisado por un niño que quiere ser astronauta solo para poder dinamitar planetas.

Algún elemento acertado en la definición de personajes (el nerd interpretado por John Bradley da un peculiar toque humano al código del héroe infalible) se da la mano con un saludable humor en torno a la cultura conspiranoica que rodea a la Luna. Eso, más una relativa concisión narrativa que hace escoger siempre la opción más disparatada (por ejemplo, el cohete que tienen que utilizar está lleno de pintadas porque lo toman prestado de un museo… y claro que funciona) dejan claro que ‘Moonfall’ es diversión pura y sin prejuicios. Una muy disfrutable película de aventuras demenciales que sin embargo, lanza una pregunta muy conveniente en estos tiempos.

¿Por qué, después de haber atravesado una pandemia global nos siguen interesando este tipo de películas que aún nos suenan más irreales y frívolas que hace unos años? La respuesta quizás esté en la película original de ‘Godzilla’, el clásico de 1957 de Ishirô Honda que mostró antes que ninguna toda ese pánico de masas y destrucción de propiedades públicas. Y que canalizó, por única vez en blanco y negro en la historia del personaje, el temor atómico de la población japonesa, que había padecido los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki solo una década antes.

El cine fantástico es el mejor esquema en clave simbólica de los miedos de la sociedad en cada momento. Quizás este resurgir del cine de catástrofes (acompasado con el retorno del clásico: Godzilla está en mejor forma que nunca con películas de exceso monstruoso como ‘Godzilla vs. Kong‘) sirva para ayudarnos a asimilar lo necesarias que son las curas de humildad ante fenómenos muy reales como una pandemia global. Tenemos la ciencia, tenemos la tecnología, pero lo que nos hace humanos es seguir viviendo con miedo a que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas. O, en este caso, la Luna.


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Xataka

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John Tones

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