No lo llames meteorito: llámalo «bala de hierro» directamente salido del corazón de una supernova

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No lo llames meteorito: llámalo

En 2017 recibimos la visita de Oumuamua, el primer objeto identificado como procedente del espacio interestelar. El primero en ser identificado pero no el primero en llegar. En 2014 un meteoro que alcanzó la Tierra cerca de Papúa Nueva Guinea fue recientemente confirmado como el primer “visitante” interestelar. Una nueva hipótesis plantea que el origen de este meteorito podría estar en un importante evento cósmico, una supernova.


IM1 e IM2.
Hasta la fecha hemos detectado un total de cuatro objetos interestelares en nuestro entorno. Los dos primeros en llegar han sido los dos últimos en ser identificados como objetos de fuera de nuestro sistema solar.

Se trata, eso sí, de dos objetos que, lejos de pasar de largo por nuestro entorno (como Oumuamua y Borisov) acabaron estrellándose contra la Tierra y han recibido los nombres de IM1 e IM2 (que nos alcanzó ya en 2017, meses antes del avistamiento de Oumuamua.

Duro hierro.
Además del hecho de provenir del espacio interestelar, IM1 e IM2 no eran meteoros convencionales. En un nuevo artículo publicado en la revista The Astrophysical Journal Letters, dos astrónomos de la Universidad de Harvard han presentado su análisis sobre los dos meteoros IM1 e IM2. Comparándolos con el paso de otros 271 meteoros de la base de datos CNEOS, los investigadores los identificaron como dos de los tres meteoros más fuertes materialmente.

La hipótesis supernova.
Esta dureza material ha llevado a los autores del estudio a plantear la posibilidad de que la formación de estas rocas pueda tener orígenes diferentes a los de los meteoros que proceden de nuestro propio sistema solar. Un posible origen serían las supernovas.

Según explican los autores en el artículo, el origen tanto de IM1 como de IM2 podría estar en las supernovas. Las supernovas expulsan al espacio pequeñas “balas” de hierro, como ha sido observado en ciertas ocasiones. Semejantes eventos podrían explicar el origen y la dureza material de estos dos meteoros.

Hypatia.
Si bien IM1 e IM2 son los primeros meteoros de origen interestelar, puede que no sean los primeros en traernos a la Tierra materia procedente de supernovas lejanas. Hace unos meses, otro equipo de investigadores descubrió en un meteorito llamado Hypatia concentraciones de elementos pesados que podrían ser explicadas por una procedencia interestelar.

Hypatia fue descubierto en 1996 y su composición fue analizada entre 2013 y 2015, pero no ha sido hasta recientemente que en un artúculo publicado en la revista Icarus, que su origen parcial en una supernova fuera propuesto.

Buscar el meteorito.
A diferencia de Hypatia, los meteoritos dejados atrás por IM1 e IM2 se encuentran en paradero desconocido, posiblemente en lugares indeterminados de los océanos Pacífico y Atlántico respectivamente. Buscarlo sería buscar una aguja en un pajar, pero los autores del reciente artículo elaboraron también un plan para hallar la roca.

Encontrarlo nos daría sin duda una oportunidad de oro para entender mejor la formación de lo que nos rodea. Para Avi Loeb, uno de los autores del estudio, podría resultar incluso una forma de comprobar si el origen de los objetos interestelares pudiera estar, incluso, en civilizaciones alienígenas. Probablemente una de las teorías más alocadas del polémico astrofísico.

Millones de objetos interestelares.
IM1 e IM2 son muy distintos a Oumuamua y Borisov. Si hemos sido capaces de toparnos con los primeros es porque se han chocado contra nuestro planeta y si hemos sido capaces de detectar a los segundos es debido a su inmenso tamaño capaz de reflejar hasta nosotros la luz del Sol.

Pero si en tan solo una década nos hemos chocado contra dos pequeños objetos interestelares esto debe implicar que estos objetos son relativamente abundantes en nuestro entorno. “Hay un millón de objetos como IM1 e IM2 por cada objeto del tamaño de Oumuamua en el área demarcada por la órbita de la Tierra”, explicaba el propio Loeb en su blog hace unos meses.

Quizá esto nos de una oportunidad de encontrarnos con un IM3 que nos deje una pieza de roca que podamos buscar sin tener que rastrearla en el fondo del mar.


La noticia

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fue publicada originalmente en

Xataka

por
Pablo Martínez-Juarez

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