¿Por qué nos enamoramos de los coches?

El coche es el gran invento de los últimos dos siglos. Tradicionalmente, ha sido un símbolo masculino de poder y violencia; pero también femenino, porque lo lavamos y lo cuidamos como un hijo.

El coche es una máquina bonita que hipnotiza, más incluso que la Coca-cola. Nos enamoramos de un coche. El marketing publicitario lo vende como un objeto de deseo: “Toyota enamora”. También se asocia con la obsesión y la fantasía: “Todo el mundo tiene un Volkswagen Jetta en la cabeza”, un anuncio muy popular en México. Con ello puede crear tanto un sentido de culpabilidad –la polución de los gases– como pasiones épicas –Fórmula 1, rallyes, coleccionismo–, dice Daniel Miller en Car Cultures (2021).

Vemos coches por televisión que se venden como el remedio para la ansiedad y la infelicidad. Y a menudo uno piensa: “El coche me liberará de mi cárcel particular, de mi vida desdichada y elevará mi estatus”.

El “sistema del automóvil”

La antropóloga estadounidense Catherine Lutz sostiene que no hemos de hablar de coches, sino del “sistema” del automóvil, que produce una desigual distribución de la riqueza.

Comprar un coche invita a hacer inversiones muy costosas, tanto para la industria como el consumidor. El dominio del capital privado resulta abrumador. Aparte de la industria automotriz, el dinero circula por medio de bancos, financieras, seguros, préstamos; la industria extractiva de recursos (petróleo, litio, caucho) está en manos de las grandes corporaciones. El sistema del automóvil se parece a los impuestos.

Para el geógrafo David Harvey se trata de un engranaje más de la economía del despojo: tener una nómina, hipoteca, cuenta bancaria… o un coche implica ser “despojado” de tu dinero (impuestos, seguros, multas, parking). El marketing vende un coche como símbolo de libertad, autonomía y triunfo. Pero el Estado limita esta supuesta libertad y regula el acceso al coche: carnet de conducir, matrícula del coche, inspección técnica de vehículos, etc.

Es un hecho que cualquier sistema de movilidad dependiente del automóvil es muy caro. En muchas ciudades el espacio público se ha transformado en ejes viarios, ir en bicicleta es extremadamente inseguro y ya no caben más coches en las calles.

El uso del automóvil ya está “normalizado” y también las cifras de muertos y heridos: 2 500 personas mueren cada año en la Ciudad de México a causa de los accidentes, 14 000 personas fallecen en el conjunto del país y hay 4 000 víctimas mortales prematuras a causa de la polución de los autos. En España, 1 145 personas fallecieron por accidentes de tráfico en 2023. Morir en un coche es una muerte más “natural”, es más aceptada. La letanía de las cifras de muertos en los noticieros del fin de semana es un buen ejemplo.

Objeto de deseo irracional

La realidad del coche no desmiente el mito. ¿Qué hace un coche militar (Hummer), un coche agrícola (Land Rover) o un SUV (Sport Utility Vehicle) circulando por las ciudades? Los SUV son objeto de deseo y seducción irracional. Un SUV o un monovolumen reflejan la privatización del riesgo: los papás-taxi que van a buscar a sus hijos a la escuela en su SUV-nave espacial (con puntos ciegos por su excesivo tamaño) no piensan que otros niños que anden por la calle o en coches más pequeños tendrán más probabilidades de ser lesionados.

La gente todavía habla con vergüenza de caminar en la ciudad. El estigma de la pobreza se proyecta en los caminantes. Alguien que camine, utilice el transporte público o vaya en bicicleta sigue mirándose con desdén por el automovilista. El coche dice mucho acerca de alguien y, además, nos empodera: significa que disponemos de los medios para movernos de manera independiente.

Es importante ser vistos con un buen coche: representa
nuestro yo, quién somos. Alberto Cardín dice que el coche es una prótesis identitaria, al igual que la moda o el decorado de nuestra casa. El asiento de los Citroën Cactus era muy parecido a un sofá, como en los antiguos Dodge 3700. El Volkswagen New Beetle tenía un florero en el salpicadero. El interior-doméstico del coche se relaciona con los valores de la familia (pequeñas fotografías familiares), la limpieza y también se perfuma.

Otro antropólogo, Tim Ingold, señala que durante más de cien mil años el hombre ha caminado, a pie, como sociedad caza-recolectora. Nuestro cerebro por encima de 160 km/h no está entrenado para abarcar todos los signos que llegan a los ojos. Somos primates y la sociedad moderna ha reducido la experiencia pedestre. Desde hace 200 años vivimos en una sociedad “sentada”. Una silla o un sofá es la primera cosa que necesitamos cuando no necesitamos nada o estamos aburrido.

El coche es la burbuja perfecta

Nuestra visión es la de una sociedad sedentaria. La ciencia de la ergonomía trata de mantener el cuerpo quieto y evitar el máximo de movimientos y gasto de energía: el asiento del coche se adapta al cuerpo y los controles de muchas funciones están integrados en el volante. Todo está pensado para no desperdiciar energía. Uno vive en el coche como en una burbuja y las ventanillas del auto se transforman en un muro. Porque es muy distinta la visión por encima de las ruedas que la visión desde
nuestros pies.

El coche es una ingeniería imaginativa que construye estilos de vida, modas y valores como la intimidad, el prestigio y la libertad de acción, señala la experta Maria Jesús Buxó.

En positivo, el coche (la movilidad) se opone a la casa (la inmovilidad). También funciona para escapar de la casa o del jefe. En Estados Unidos el 30 % de las compras de coches son de afroamericanos, quienes representan solo el 12 % de la población, pero tienen una historia de confinamiento en guetos y vecindarios: con el coche se puede escapar del barrio.

La tecnología del automóvil tiene que ver con las relaciones sociales. Todavía es “normal” que el padre lleve a la novia en un coche a la iglesia el día de su boda. Hay expectativas sociales: ir en coche a la piscina, al supermercado, al trabajo, de vacaciones. Durante mucho tiempo el primer coche fue un instrumento de socialización para los jóvenes: lo primero que había que hacer era enseñárselo al grupo de amigos.

Viajando al lado oscuro

El coche también tiene su lado oscuro. Es un símbolo de destrucción, problemas de salud y polución. Por un lado, encarna el mito de la libertad, la experiencia del placer, los sentimientos positivos y la fantasía de un sujeto soberano que elige objetos; por otro, está la realidad práctica: la industria y el Estado, los reclamos publicitarios –velocidad, individualidad–, la ideología del coche como motor de la economía, el diseño urbano supeditado al coche.

Para quien diariamente va en coche al trabajo y soporta atascos esta sensación de velocidad o potencia es un chiste.

También el coche ha sido dador de vida, de hijos legítimos e ilegítimos. El asiento trasero ha sido símbolo de intimidad y encuentro sexual (“Qué difícil es hacer el amor en un Simca 1000” cantaba el grupo Los Inhumanos). En el cine el maletero ha estado asociado a la mafia y los cadáveres. En España y en los años 80 del pasado siglo los tapacubos de las ruedas o los equipos estéreos se asociaban con los ladrones.

Los jóvenes sienten que el coche simboliza el logro de sus aspiraciones: el marketing publicitario persuade de que un coche será el único de nuestros sueños que se hará realidad porque jamás viviremos en una gran mansión, tendremos un yate o nos iremos a Bora Bora de vacaciones.

Si entre las élites el coche es un signo de distinción, en la cultura popular y el cine de Hollywood es reverenciado como símbolo de la buena vida y el bienestar.

The Conversation

David Lagunas no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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