Terrores nocturnos: cómo identificar y manejar estos estallidos de angustia

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No es la primera vez que sucede. Adriana, de ocho años, se ha vuelto a despertar dando gritos y llorando. De pie en la cama, agita bruscamente los brazos y las piernas. Es difícil controlarla: en una ocasión incluso salió corriendo, como si huyera de algo o de alguien.

La niña es presa del pánico. Empapada de sudor y con la cara enrojecida, respira rápidamente y tiene las pulsaciones desbocadas. Sus ojos están en todo momento abiertos, con las pupilas dilatadas. Al despertarse, parece desorientada y confusa.

Un brusco despertar del sueño profundo

Esta escena recrea un típico episodio de terrores nocturnos, trastorno adscrito a la categoría de las parasomnias, en el que también se incluyen las pesadillas, el sonambulismo, los despertares confusos, las pesadillas recurrentes o la parálisis de sueño.

Concretamente, hablamos de una parasomnia del sueño no-REM, pues aparece durante la fase de sueño profundo. Esto lo distingue de las pesadillas, que ocurren en la etapa REM y no se acompañan del comportamiento descrito al principio del artículo.

Los terrores nocturnos pueden definirse como despertares parciales o estados indeterminados en los que la persona no está claramente ni despierta ni dormida y se comporta de manera anormal. Suelen afectar a menores: se estima que los experimentan entre el 1 y el 5 % de los niños en edad escolar, sobre todo entre los tres y seis años. Aunque en la gran mayoría de casos desaparecen con la mayoría de edad, un pequeño porcentaje persiste en los adultos. Es habitual que los hermanos o padres los hayan sufrido también.

Estos eventos suelen ocurrir en el primer tercio de la noche, cuando hay más proporción de sueño profundo. A menudo se presentan agrupados a modo de racimos durante una temporada, dependiendo de si hay un elemento estresante que los favorezca: época de exámenes, pérdida familiar, discusiones, conflictos sentimentales, cambio de vivienda o entorno, peleas con los compañeros de colegio, etcétera.

Aparte de estos desencadenantes, otros factores también pueden precipitarlos, como el súbito despertar producido por un estímulo (un ruido, las urgencias de una vejiga llena de orina) o circunstancias que aumentan el porcentaje de tiempo dedicado al sueño profundo (privación de sueño, cambios de turnos, fiebre, consumo de alcohol…).

Protagonistas de una película de terror

No es infrecuente que los pacientes asocien sus episodios de terrores nocturnos a sueños de contenido desagradable. Su temática suele incluir la necesidad de huir de alguien o algo. En estas historias oníricas, el paciente está enterrado; encerrado en un zulo, una habitación pequeña, un laberinto o una estancia cuyas paredes se van aproximando; o amenazado por arañas, un incendio, un tren que se aproxima o alguien que que le persigue para agredirle.




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En el momento del evento, lo mejor es intentar calmar suavemente al sujeto y reconducirlo a la cama. Hay que evitar la confrontación y el contacto físico.

El diagnóstico se lleva a cabo elaborando una buena historia clínica, preferiblemente con ayuda de alguien que haya presenciado uno o varios episodios. Los médicos deben diferenciar los terrores nocturnos de otras alteraciones, caso de las crisis epilépticas y parasomnias como el trastorno de conducta del sueño REM.

En ocasiones es necesario efectuar una prueba de sueño o polisomnografía para poder identificarlos adecuadamente. Puede ser recomendable pedir al afectado que la noche anterior no duerma: así, cuando lo haga en el laboratorio, experimentará un rebote de sueño profundo y existirán más posibilidades de detectar un episodio.

Cómo prevenir y tratar los terrores nocturnos

La gran mayoría de los niños con terrores nocturnos no necesitan tratamiento debido a su benignidad y a su carácter reversible con los años. Deben mantener horarios regulares, evitando la privación de sueño, y los padres pueden cerrar puertas, poner barrotes en las ventanas e instalar alarmas. La protección y la seguridad del paciente es lo más importante.

En casos graves es posible recurrir a los fármacos. No está indicados para dormir, sino para disminuir la frecuencia e intensidad de los episodios. Tomar clonazepam o melatonina al acostarse puede ser efectivo.

The Conversation

Alejandro Iranzo de Riquer no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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