‘Tierras raras’, un nombre poco afortunado para el talón de Aquiles de la transición energética
La monacita es un mineral que alberga metales como el neodimio, un potente imán que se emplea en aerogeneradores. Northwestern University

De la misma forma que a la localidad manchega de Puertollano se la conoce coloquialmente como “la ciudad de las dos mentiras”, en alusión a que ni tiene puerto ni es llana, podríamos decir que el conjunto de elementos de la tabla periódica agrupados bajo la denominación genérica de “tierras raras” tampoco cuenta con un nombre muy adecuado.

Especialmente durante la última década, este grupo de elementos ha sido objeto de gran atención y debate debido su inclusión en el listado elaborado (y actualizado anualmente) por la Comisión Europea de materias primas críticas y estratégicas.

En este artículo se exponen, brevemente, sus principales características y la relación entre su carácter estratégico y el papel que desempeñan en la deseada transición hacia fuentes de energía bajas en carbono.

No son tierras, tampoco son raras

Se denomina “tierras raras” a un conjunto de 17 metales de transición que engloban al escandio, al itrio y a la serie de los lantánidos (lantano, cerio, praseodimio, neodimio, prometio, samario, europio, gadolinio, terbio, disprosio, holmio, erbio, tulio, iterbio y lutecio).

Tabla periódica de los elementos.
PMRonchi / Wikimedia Commons, CC BY-SA

Aunque más tarde nos ocuparemos de su modo de ocurrencia en la naturaleza, podemos adelantar que no se trata, en modo alguno, de tierras: no es otra cosa que una herencia de la química antigua, en la que los óxidos metálicos eran denominados “tierras”. Lo que conocemos de manera informal como “tierra” sería el suelo, que es un producto de la alteración de las rocas, rico en silicatos de aluminio, que no guardan relación alguna con los lantánidos.

De igual forma, no se trata de sustancias raras. Sin ir más lejos, el cerio o el itrio ocupan las posiciones 25 y 30, respectivamente, de abundancia en masa en la corteza terrestre. Esto quiere decir, ni más ni menos, que son más abundantes que otros metales de uso más común, como pueden ser el estaño o el mercurio.

Lo que sí es cierto es que las tierras raras aparecen muy dispersas en la corteza terrestre, generalmente en bajas concentraciones, y que solamente resultan explotables en lugares concretos, muy enriquecidos en estos metales.

La gran protagonista: la monacita

En la actualidad se conoce la existencia de 270 minerales que contienen en su composición alguno de los elementos que forman el grupo de las tierras raras.

En las minas de los elementos de este grupo, son frecuentes los carbonatos (como bastnaesita y parisita), pero el más común de todos es un fosfato denominado “monacita” que contiene hasta un 70 % en peso de óxidos de tierras raras, siendo mayoritarios el cerio, el lantano y el neodimio.

La monacita es un mineral muy apreciado por los geoquímicos, ya que también contiene torio, que permite realizar dataciones cronológicas. Es un mineral duro, ultraestable desde el punto de vista químico y también muy denso, por lo que no es difícil encontrarlo en arenas de playas o en los cauces de ríos y concentrarlo con ayuda de una batea.

Monacita.
Rob Lavinsky, iRocks.com / Wikimedia Commons, CC BY-SA

El 95 % de su producción está en China

¿Por qué existe una percepción de las tierras raras como “metales verdes”? A pesar de que sus aplicaciones industriales son múltiples (industria cerámica, del vidrio, catalizadores…), la más importante de todas es la producción de imanes permanentes que sean capaces de generar campos magnéticos intensos y que son necesarios en la fabricación de aerogeneradores y de vehículos eléctricos.

En el caso de los imanes, cobra especial protagonismo el neodimio. El imán permanente más potente que existe está constituido por una aleación de este metal con hierro y boro.

Teniendo en cuenta lo anterior, el desarrollo a gran escala del vehículo eléctrico y el aprovechamiento de la energía eólica se encuentran seriamente condicionados a la disponibilidad de tierras raras (entre otras materias primas minerales). La realidad es que aproximadamente un 95 % de su producción está bajo el control de China, lo que prácticamente constituye, en términos comerciales, un monopolio.

China cuenta con la mayor mina del mundo (Bayan Obo, cerca de la frontera con Mongolia) y adquiere la práctica totalidad de la producción africana. De una forma simple y con muchos matices, la transición verde significará pasar de depender del petróleo y del gas (mercados en los que hay una razonable variedad de suministradores) a depender de las tierras raras (que solamente exporta China).




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Posibilidades en Europa y España

En España, los recursos propios de petróleo y gas son casi inexistentes. La pregunta es: ¿disponemos de tierras raras, en España o en Europa?

Felizmente, la respuesta es afirmativa. El lector interesado podrá encontrar abundante información en la bibliografía especializada. Basta con echar un vistazo a los mapas geoquímicos que elaboran los servicios geológicos de los países miembros de la UE para darse cuenta que hay bastantes posibilidades.

Ahora bien, ¿apostará decididamente la UE por explotar recursos propios, con las debidas garantías ambientales, para evitar la dependencia de terceros países en cuanto al suministro de tierras raras? ¿Sabremos aprovechar esta oportunidad que nos brinda la madre naturaleza para ser autosuficientes? Sólo el paso del tiempo permitirá responder a estas preguntas clave.

The Conversation

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